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Cuando hablamos del espionaje durante la Primera Guerra Mundial, lo primero que se nos viene a la cabeza es un señor vestido con un impoluto traje blanco y gafas oscuras, tomando un té en el Ritz mientras lee un periódico al que convenientemente ha agujereado la parte central con dos orificios para poder observar todo lo que ocurre a su alrededor. Si este tipo de espía existió, fue sólo una parte del oficio, ya que otra importante actividad de espionaje de los centros de inteligencia se ocupaba en realidad a un asunto muy diferente: cazar hombres, cazar desertores. Esta es la historia de uno de estos agentes de inteligencia. Esta es la historia de George B. Mitchell.

Está demostrado que los jóvenes europeos abrazaron la guerra con extraordinarias muestras de patriotismo y entusiasmo. A excepción de Rusia, donde el zarismo empezaba a dar muestras de sus últimos estertores, en ningún país del Viejo Continente se observaron movimientos contrarios a la guerra. Y cuando los jóvenes fueron llamados a filas, éstos se presentaron en masa. Así, por ejemplo, en Francia tan solo dejaron de presentarse un 1,22% de los reclutados y en la inmensa mayoría de los casos fue debido al hecho de que vivían en el extranjero o que no llegaron puntuales a sus centros de reclutamiento. Si bien es cierto es que, en el caso de las zonas rurales, este entusiasmo no era tan acentuado, ya que no solo se llevaron al frente a sus jóvenes, sino que se les requisaban sus caballos, es decir, que de una tacada se quedaban sin su fuerza de trabajo, comprometiendo el futuro de comunidades enteras. Es significativo el dato que el 40% de los voluntarios de la primera oleada procedía de las grandes ciudades británicas, contra un 22% de las zonas rurales, donde también es notorio destacar una menor influencia de la prensa patriotera que inundaba poblaciones como Londres, Manchester o Glasgow.

El célebre póster diseñado por Alfred Teele fue tan popular y exitoso que otros países lo adaptaron para sus propios intereses.

Sin embargo, durante el conflicto el punto de vista de muchos soldados cambió radicalmente. Ya no era una guerra corta como pregonaban políticos y diarios al principio de la contienda. La mortalidad era descomunal y las tácticas, repetidas una y otra vez, no eran más que un suicidio colectivo sin sentido. No solo estaba industrializada la guerra: se industrializó la muerte. Escapar de las trincheras se convirtió en una obsesión para muchos uniformados. Muchos lo intentaron por las buenas, pidiendo ser transferidos a unidades donde la ratio de muertes era mucho menor que en la infantería; por ejemplo, a principios de 1918 hubo una avalancha de peticiones para ser transferidos a la marina; o para desarrollar tras las líneas del frente los trabajos que habían ejercido antes de la guerra, como carteros, traductores o cartógrafos.

Pero si ello no funcionaba, iban a por las malas, autolesionándose, o buscando contraer una enfermedad venérea. Y en los casos extremos, la deserción. En los ejércitos, la deserción abarcó un gran número de acciones. La más habitual de todas ellas en lenguaje militar se conoce como AWOL (una ausencia injustificada en un destino concreto), que la mayoría de las ocasiones consistía en alargar más de lo justificado un permiso. Y es que las ciudades francesas de la retaguardia ofrecían a los soldados británicos demasiados motivos para no querer regresar a las mortales trincheras. El castigo solía ser desde penalizaciones sobre el consumo de tabaco o alcohol, detenciones, trabajo extra, misiones especialmente complicadas, degradación, hasta castigos físicos, como el temido “Field Punishment nº1”, consistente en atar durante horas o días al desertor en una rueda o un poste. Pero las deserciones más graves, en las que no había una vuelta atrás, era cuando se huía del frente con la firme determinación de no regresar más, ya fuera huyendo por la retaguardia o pasándose al enemigo. Tanto por sospecha de autolesiones, como para los diferentes grados de deserción o acusaciones de cobardía ante el enemigo, los tribunales militares del Reino Unido, de un total de 24.238 juicios (1), se llegaron a dictar 3.478 penas de muerte por estos motivos, aunque por diferentes motivos “sólo” se llegaron a ejecutar 346 (2). Cabe tener en cuenta que muchos juicios se hubieron de celebrar con el reo “in absentia”. Otra manera de ir “a las malas” serían los motines, pero por problemas de espacio, solo detallamos las actitudes individuales, no las colectivas (3).

Fusilamiento del soldado Jimmy Smith fue un escándalo. Había sido herido en combate y había recibido diversas menciones al valor. De nada sirvieron cuando sus superiores le acusaron de cobardía.

¿Qué sucedía con los desertores a quienes no se había detenido? Se les perseguía. Su crimen, no iba a quedar impune. Por ello, en la retaguardia, la policía francesa y la policía militar realizaban controles e identificaban a todos los sospechosos de no estar cumpliendo con el macabro deber de ir a morir en las trincheras. Pero para casos concretos, los más peligrosos, el gobierno británico creó una oficina específica para localizarlos y detenerlos: el MI.1c. Y aquí es donde entra nuestro hombre: George Balderson Mitchell.

Nació en 1893 en Wilford, una bucólica localidad al su de Nottingham, en los Midlands ingleses. Uno de los documentos que incluía el lote era un curioso pasaporte para viajar por Europa en 1913, algo nada habitual para alguien que en la cartilla militar afirmaba ser un mero tendero antes de la guerra.

Pasaporte expedido a G. B. Mitchell en 1913.

Al inicio de la Primera Guerra Mundial, es reclutado como cabo y destinado al 8ª Batallón del Regimiento de Leicestershire. Su batallón, llegó a Francia el 30 de julio de 1915 y fue encuadrado en la 37º División de la 11º Brigada del 4º Ejército. Su base estaba en la ciudad de Tilques, una localidad a unos 35 kilómetros de Calais. A finales de junio de 1916, es promocionado al grado de sargento y destinado al Servicio de Inteligencia del 4º Ejército. Recibe dos pases especiales para poderse mover con total libertad por la región de la ciudad de Amiens.

Pase especial expedido por el ejército británico a nombre de G. B. Mitchell.

Pase especial expedido por las autoridades francesas a nombre de G. B. Mitchell.

Cabe suponer que en esta época ya se dedica a buscar a desertores tras las líneas aliadas. Debemos pensar que llega a esa ciudad y en ese momento justo a unos días de iniciarse la Batalla del Somme, cuyo primer día, el 1 de julio, fue el día en el que han muerto más británicos en toda la historia. Es de suponer que el Alto Mando británico, ante la matanza que se avecinaba quisiera tener a agentes del servicio secreto tras sus líneas para “cazar” a todos los posibles desertores que no quisieran participar en aquella “fiesta” de barro, sangre y muerte. Poco después es promocionado a Sargento Mayor y transferido a los Royal Fusiliers.

En cuanto a Mitchell, por sus actividades durante la guerra consiguió cuatro condecoraciones, de las cuales dos de ellas se incluían en el lote: la 1914-15 Star, la British War Medal, la Victory Medal y la Croix de Guerre francesa, poco habitual entre contendientes que no eran galos. Estaban incluidas en el lote:

La Brisitsh War Medal

Aprobada en julio de 1919 para las tropas británicas e imperiales que habían servido durante la Primera Guerra Mundial, otorgándose un total de 5.670.170 unidades.

La Victory Medal

A propuesta del mariscal Foch, los ejércitos aliados diseñaron una medalla conjunta para conmemorar su victoria sobre las potencias centrales. Su diseño fue idéntico en todos los países, excepto en los casos de Japón y Siam, que optaron por simbologías más propias de sus culturas. En el caso de los británicos (que acuñaron 5.725.000 unidades), siempre debía ir acompañada de la British War Medal.

Los otros países que la acuñaron fueron (entre paréntesis, el número de unidades acuñadas): Bélgica (300.000-350.000), Brasil (2.500), Cuba (6.000-7.000), Francia (2.000.000), Grecia (200.000), Italia (2.000.000), Japón (700.000), Portugal (100.000), Rumania (300.000), Siam (1.500), Sudáfrica (75.000) y USA (2.500.000).

Parece ser que a Mitchell se le da bien lo da detener a desertores, puesto que una vez terminada la guerra, es captado por el SIS (el Servicio Secreto Británico), para localizar y detener a desertores a España.

El SIS, bajo el mando del implacable Sir Mansfield George Smith-Cumming, al iniciarse la guerra, se reestructuró en diversas divisiones, siendo la sección de espías la oficina conocida como MI1.c. Durante la guerra, en España, esta oficina mantuvo sedes fijas en cinco ciudades: Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao y Vigo, si bien no es difícil suponer que sus redes abarcaban otras muchas poblaciones. Una vez terminada la guerra, tan solo se mantuvieron las sedes de Madrid y Barcelona. Y en 1922, tan solo seguía operativa la sede de Barcelona.

Otro de los documentos del lote, es una petición del MI1.c datado en marzo de 1919 para que se agilizaran los trámites para que Mitchell consiguiera su pasaporte para viajar hasta España, donde creen que sus “habilidades serán de mucha utilidad”.

Documento expedido por la Oficina de Guerra para apremiar a la entrega del pasaporte para G. B. Mitchell.  

El último documento es su ficha del Registro de Extranjeros que lo sitúa en Barcelona en 1921. Vivirá en un piso en la Rambla de Catalunya, 113, propiedad del consulado del Reino Unido, y proseguirá su misión de búsqueda y captura de desertores. Como vemos, el ejército británico no se olvida de sus traidores.

Ficha de G. B. Mitchell del Registro de Extranjeros de Barcelona.

De momento, es imposible determinar cuánto tiempo estuvo Mitchell en Barcelona o detallar las actividades que llevó a cabo. Habría que investigar en archivos británicos. Para obtener más información sobre Mitchell en Barcelona se debería ojear archivo del Registro de Extranjeros, que está en el Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares, y que, al no estar digitalizado, tendría que personarme, lo que va a ser harto complicado. Deberes pendientes. Otro asunto oscuro, es el destino de los desertores tras la guerra. Es evidente que no pudieron volver sus países de origen. Es de suponer que bien se quedaron en países neutrales o bien los usaron como trampolín para exiliarse a otros confines. Queda abierta otra línea de investigación.

 

Notas:

(1) Es significativo observar el aumento de juicios a medida que transcurre la guerra: en 1914, 627; en 1915, 3.357; en 1916, 5.621 (un factor importante que impulsó esta cifra fue la Batalla del Somme, el primer día de la cual, el 1 de julio de 1916, es el día en el que han muerto más británicos en la historia); en 1917, 6.055; y en 1918, 8.578.

(2) En comparación, los belgas ejecutaron 18 soldados; 35, los estadounidenses; 48 los alemanes; 670, los franceses; y 750, los italianos (siendo numerosas las ejecuciones sin juicio previo, como ejemplo para la tropa).

(3) En diversos momentos de la guerra y entre todos los ejércitos, hubo motines. Algunos tan famosos como el de los franceses de mayo a junio de 1917. Los militares británicos supieron manejar la situación y apenas se conocen más que contaos de motines, siendo el más célebre de ellos el que tuvo lugar en el campo de adiestramiento de Étaples en septiembre de 1917, cuando los soldados se negaron a ir al frente. El motín fue rápidamente sofocado y su líder, el cabo Short fue sentenciado a muerte y ejecutado. Otros tres soldados fueron sentenciados a 10 años de prisión, mientras que otros muchos recibieron penas de cárcel más bajas u otro tipo de sanciones.

Fuentes:

https://encyclopedia.1914-1918-online.net/article/between_acceptance_and_refusal_-_soldiers_attitudes_towards_war

https://www.warhistoryonline.com/war-articles/wwi-the-tragic-moment-a-man-was-ordered-to-kill-his-best-friend.html