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D. JOSE MANUEL DE GOYENECHE
CAPITAN GENERAL DEL PERÚ.
I CONDE DE GUAQUI.
GRANDE DE ESPAÑA.
Arequipa (Perú) 1776, Madrid 1846.

El magnifico cuadro de Federico de Madrazo, como casi todos los que hizo por otro lado este genial y admirable pintor, sobre el militar olvidado y casi inédito D. José Manuel de Goyeneche y Barreda, pone de manifiesto una vez mas nuestra muchas veces inexplicable capacidad como nación para el olvido de ciertos personajes que merecerían no serlo jamás.

Cuantas veces habremos leído, incluso escrito en esta humilde galería de personajes ilustres (y desterrados) esta misma consideración, que razón casi patológica explica razonablemente algo así. Quien olvida, además de ofender la memoria y las gestas de los olvidados, se enfrenta a un libro aparentemente en blanco cuando en realidad contiene cientos de historias como esta. Una amnesia, que como en algún otro caso reciente, esperamos sea reparada lo antes posible.

La vida y vicisitudes de nuestro poco conocido personaje se inician en 1776 en el entonces poderoso Virreinato del Perú. Muy joven se traslada a España para iniciar sus estudios de armas, que una vez finalizados le permitirán alcanzar el grado de Teniente de Caballería y posteriormente de Capitán de Granaderos con muy pocos años. Interviene posteriormente en dos ocasiones en la defensa del sitio de Cádiz contra la agresión británica, destacando por su arrojo y aptitudes de mando.

En 1808, en plena Guerra de la Independencia, alcanza el grado de Brigadier y es nombrado por el Rey Felón, Fernando VIII, representante de la Corona en el Perú. Como consecuencia de una gestión muy eficaz es nombrado posteriormente Capitán General y Presidente de la influyente Real Audiencia de Cuzco.

En 1809 al mando de los Ejércitos Realistas derrota en repetidas ocasiones a las tropas insurgentes rioplatenses en las batallas de La Paz, Guaqui, Cochabamba y alguna más, restituyendo la hegemonía española en estos territorios. Por su victoria en la importante batalla de Guaqui se le concede su titulo nobiliario.

Grabado de la batalla de Guaqui.

Grabado de la batalla de Guaqui.

Pero la tranquilidad en esta zona del imperio español duraría poco ya que la mecha estaba encendida desde hacía tiempo. En 1813 se ve obligado a regresar a España de forma precipitada y poco decorosa al tener que asumir la derrota de un subordinado, el General Tristán, que no consultó con él una operación abocada al fracaso en territorio argentino y que concluyó en la derrota de Charcas ante el célebre general Belgrano.

Hasta aquí la breve mención, en realidad solo una aproximación, de sus méritos y avatares. Pero lo que realmente le convierte en un personaje particularmente controvertido es el hecho de que en su tierra se le acusaba de ser español y en España de ser peruano. Esta dualidad, absolutamente compatible por otro lado pero habitualmente objeto de censura, le confirió un cierto estigma de personaje incomodo para todos, marcando una personalidad, -que tal como refleja el “fotográfico” retrato de Madrazo-, subraya un cierto aire enigmático y casi misterioso, en mi opinión, realmente fascinante.

Esa dosis de incomprensión, de cierta soledad y aislamiento frente a entornos poco amigables y desconfiados no impidió por otro lado reconocimientos en vida dada su indudable valía. Fue Vocal de la Junta de Guerra, Diputado y Senador vitalicio, Gentilhombre de Cámara, Consejero de Estado, Comisario Regio del Banco de San Fernando, antecedente histórico y estructural del posterior Banco de España, etc.

Estaba en posesión, entre otras muchas distinciones civiles y militares, de las Grandes Cruces de Carlos III e Isabel la Católica, de San Hermenegildo y San Fernando, siendo también Caballero de la Orden de Santiago y Comendador de la Orden Pontificia de San Gregorio Magno.

Recientemente el escritor peruano Jorge Eduardo Benavides, en su libro “El Misterio del Convento”, ha rescatado afortunadamente su figura y los paisajes evocadores del Perú colonial, criollo y mestizo, español y americano, en un momento de nuestra historia donde el sol, antes siempre brillante y en lo más alto, iniciaba su irremediable ocaso.

Grabado de la Lima colonial.

Grabado de la Lima colonial.

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