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Oviedo, 1887 – El-Had de Benisicar (Marruecos), 1909. Lamina con su retrato vistiendo uniforme de gala, la descripción de su gesta en la Guerra de Marruecos y las condecoraciones recibidas a título póstumo. Museo del Ejército (Toledo).

El heroísmo descarnado, que es capaz de crear arquetipos imperecederos como el que nos ocupa nunca ha sido evidentemente patrimonio exclusivo de la oficialidad. Había llegado el momento en esta sección jalonada ya de altos oficiales de hacer una mención destacada a un infante de a píe, a un integrante de esa legión inmensa de soldados anónimos calzados con alpargatas, que como decía con acierto un oficial inglés, “son los ladrillos que construyen la muralla de un imperio”. Hombres de origen extremadamente humilde, movidos por las mayores privaciones en la búsqueda desesperada de un horizonte de mayor dignidad para su familias, que entregaran lo mejor de sí en gestas no siempre reconocidas, en muchos casos totalmente olvidadas y en guerras no siempre defendibles.

Luis Noval nace en Oviedo en 1887, ingresando años después como soldado raso en el Regimiento de Infantería del Príncipe Nº 3. Es trasladado con su unidad a Melilla, baluarte español en plena Guerra de Marruecos, donde en 1909 las tribus rifeñas habían atacado las cercanas minas del Rif, desencadenando la intervención del ejército colonial destacado en el Protectorado y de unidades llegadas desde la Metrópoli.

Participa en la refriega de la toma del Zoco de “El-Had de Benisicar” donde es hecho prisionero por los temibles cabileños, unas fuerzas de unos 1.500 hombres. Se le obliga, imaginamos en condiciones extremadamente duras a indicar la posición española. Noval se presta a ello finalmente, con su plan posterior probablemente ya interiorizado. Al llegar al campamento en plena noche los centinelas no disparan al reconocerle pero acto seguido les grita que se trata de una trampa y que abran fuego ya que el ataque enemigo es inminente (“Fuego aquí, tirad que son ellos”). Como consecuencia de esta advertencia se repele la agresión pero Noval es herido de muerte.

Vitrina dedicada a Noval en el Museo del Ejército de Toledo. Se exponen el uniforme, el ros colonial y el equipo de campaña, además del fusil Mauser y el cuchillo bayoneta, modelos de 1893.

Vitrina dedicada a Noval en el Museo del Ejército de Toledo. Se exponen el ros colonial y el equipo de campaña, además del fusil Mauser y el cuchillo bayoneta, modelos de 1893.

Hablamos pues de un acto con probablemente muy poca trascendencia en el teatro de operaciones pero con una repercusión vital tremenda. La noticia y los detalles llegan a la península de forma inmediata en un momento de claro rechazo popular al conflicto. A Noval se le utiliza a la postre como paradigma del heroísmo extremo contra esta corriente extendida pero este hecho no resta lógicamente un ápice de mérito a su comportamiento.

Los funerales se celebran ya en 1910 en la Catedral de Oviedo, se promueven y se suceden múltiples homenajes y reconocimientos. En Oviedo y Melilla hay una calle que lleva su nombre y se le concede la Placa y la Cruz de la Orden de San Fernando de segunda clase, la máxima condecoración al valor en campaña que se concedía a la Tropa (*).

Como colofón en 1912 el mismísimo Mariano Benlliure, probablemente el escultor más importante y valorado de la época, realiza una de sus mejores obras dedicada a la gesta y a su protagonista. Estatua y conjunto alegórico de gran belleza que aun hoy puede ser disfrutada en un rincón de la Plaza de Oriente de Madrid.

Raimundo de Miguel, el autor del post, ante el monumento al cabo Noval.

Raimundo de Miguel, el autor del post, ante el monumento al cabo Noval.

(*) Como decíamos el Cabo Noval fue condecorado a título póstumo con la Cruz de San Fernando de 2ª clase. Sus insignias, se trata de un caso único que corrobora el reconocimiento que se le quiso dar, eran dos, la cruz propiamente dicha y la placa en versión de plata, metal que se diferenciaba de las esmaltadas para los oficiales.

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