Etiquetas

, , , , , , , ,

sergeant-mcgregor

De entre las guerras decimonónicas míticas en el imaginario colectivo de la Gran Bretaña, ocupa un lugar destacado la Guerra de Crimea (1853-1856). En resumen, todo empezó cuando a mediados del siglo XIX, los rusos buscaron una salida al mar Mediterráneo, a costa de conquistar territorios de un Imperio Otomano de capa caída. La reacción de las potencias occidentales (Reino Unido, Francia y Reino de Cerdeña), temerosas de la expansión rusa, fue la de enviar tropas para defender los intereses otomanos (y los suyos propios, por supuesto), dando lugar a una guerra que duraría unos tres años y que se desarrollaría básicamente en la península de Crimea.

Tras la conquista rusa de los territorios otomanos de Moldavia y Valaquia, los aliados occidentales mandaron un  cuerpo expedicionario a la península de Gallípoli, que avanzó rápidamente por Bulgaria, obligando a los rusos a abandonar el sitio de la ciudad de Silistria. Con el objetivo de terminar la guerra lo antes posible, los aliados planearon la conquista de la península de Crimea. Con la victoria en la batalla de Alma (25 de septiembre de 1854), los aliados penetran en la península y ponen cerco a la ciudad de Sebastopol, a la que renuncian conquistar en primera instancia.

Carga de la Brigada Ligera, de Richard Caton Woodiville. En primera instancia vemos a jinetes del 11º de Húsares; al fondo, los 17º de Lanceros. Míticas unidades.

Carga de la Brigada Ligera, de Richard Caton Woodville. En primera instancia vemos a jinetes del 11º de Húsares; al fondo, los 17º de Lanceros. Míticas unidades.

Llega la hora del contraataque ruso, que se va a centrar en tratar de romper el cerco a la capital de la península, siendo el primero de ellos la célebre batalla de Balaclava (25 de octubre de 1854). En ella, se van a producir los dos hechos que van a convertir a Crimea en una guerra legendaria para los británicos, la primer de ellas, a causa de un error en la transmisión de unas órdenes, que llevó a la caballería a cargar contra los cañones rusos a través de un valle, lo que les convertía en un blanco, pero que los británicos, a pesar de saber lo suicida de la orden, cumplieron sin rechistar, dando lugar a la célebre “Carga de la Brigada Ligera” (varias veces llevada al cine). Aunque es menos conocido, lo cierto es que detrás de ellos cargó la caballería pesada… El otro momento culminante, y realmente decisivo en la victoria, se produjo cuando el 93º Regimiento de Highlanders, apoyado por soldados de la Royal Navy y del ejército otomanos, pie en tierra, aguantaron la carga de la caballería rusa. Ante el avance ruso, al parecer el comandante británico, Sir Colin Campbell le espetó a sus tropas: «No hay retirada desde aquí, soldados. Deben morir donde se encuentran». Los rusos, al comprobar como los Highlanders se mantenían impertérritos ante su avance, creyeron que se trataron de una trampa y se retiraron, dejando el campo a los británicos. La guinda a la hazaña la colocó el corresponsal de guerra del Times, William H. Russell, escribió que no vio nada entre la carga de caballería rusa y la base de operaciones británica en Balaclava salvo la «delgada raya roja culminada con una línea de acero» del 93º.

La Delgada Línea Roja, de Robert Gibb

La Delgada Línea Roja, de Robert Gibb

El siguiente intento de romper el asedio tuvo lugar en la decisiva batalla de Inkerman (5 de Noviembre de 1854), cuando unos 42.000 rusos, con una impresionante superioridad artillera, se enfrentaron a unos 16.000 franco-británicos. Conocida como “La batalla de los soldados”, las tácticas de los generales se tornaron inútiles, debido a unas pésimas condiciones climatológicas, especialmente a causa de una espesísima niebla que provocó que la batalla se dirimiera a golpe de bayoneta o de cargas de fusil a muy corta distancia. La batalla se saldó con miles de muertos y prisioneros, por parte de ambos ejércitos, pero los rusos volvieron a fracasar en su intento de salvar a Sebastopol.

Batalla de Inkerman, de David Rowlands.

Batalla de Inkerman, de David Rowlands.

El 8 de septiembre de 1855, tras más de un año de asedio, bombardeos y asaltos, Sebastopol cayó. Ante la imposibilidad de mantener su defensa, los rusos quemaron la ciudad y la abandonaron por el puerto. Tras la ocupación de de Kinburn y de Orchacov, a finales de 1855, la guerra se terminó. Unos meses más tarde, se firmaba el Tratado de Paz de París, por el que Rusia cedía diversos territorios, Francia y Reino Unido afianzaban su papel como potencias mundiales y el Imperio Otomano quedaba como un Imperio “Zombie”, que pasaría a depender de sus nuevos aliados para mantener, ni que fuera nominalmente, sus posesiones (como se verá unos años más tarde en Egipto).

A parte de las consecuencias políticas y geo-estratégicas, la guerra se saldó con las siguientes bajas (cifras siempre aproximadas y basándome en fuentes británicas:

–       Por parte de las tropas rusas (y aliados: búlgaros, serbios y griegos): 220.000 muertos, de los que 80.000 murieron en actos de combate, 40.000 a consecuencia de heridas y 100.000 a causa de enfermedades. Si tenemos en cuenta que movilizaron unos 720.000 hombres, vemos que el porcentaje de muertos es del 30,50%.

–       Del Imperio Otomano se desconocen las cifras exactas, pero se cree que movilizaron unos 300.000 hombres, de los que murieron entre 95.000 y 175.000 de éstos. Lo que arroja un porcentaje solo en muertos de entre el 30% y el 58%.

–       Ávido de una victoria que permitiera reverdecer los laureles imperiales de su tío (y crear una cortina de humo sobre la que disimular su mala gestión interior), Napoleón III ordenó desplazar a Francia unos 400.000 hombres, de los que se quedaron para siempre en Crimea un 25%. Unos 20.000 murieron en combate, otro tanto de heridas, pero 60.000 de enfermedades.

–       Los sardos movilizaron a 18.000 hombres de los que murieron unos 2.000 (11%).

–       Finalmente, el Imperio Británico movilizó a 250.000 hombres, de los que murieron 22.000, unos 4.000 en combate, 2.000 de heridas y 16.000 murieron de enfermedades.

Con ello, vemos que algunos países, como Rusia, Turquía o la propia Francia, sufrieron un número desproporcionado de muertos en esta guerra. Pero también vemos que más de la mitad de los finados de los países que detallan las causas de sus muertos (Rusia, Francia y Reino Unido), lo son por enfermedades. El caso más llamativo es el del Reino Unido, cuyos soldados murieron un 72% por causa de enfermedades, y un 28% a causa del plomo ruso. De entre las enfermedades, la principal fue una terrible epidemia de cólera, que diezmó a los ejércitos sin distinción de banderas.

Apuntemos que algo similar le sucedió a España en la Guerra de África (1859-1860), cuando aproximadamente el 70% de sus 7.777 muertos se debió al cólera, y no a causas bélicas.

Y no contamos con cifras de heridos o de bajas permanentes a causa del frío. Una deficiente planificación o fallos en la logística, dejó a todos los ejércitos con ropas totalmente inadecuadas para afrontar las adversas condiciones climatológicas, provocando innumerables bajas a causa de amputaciones o reumatismos. Pero eso lo veremos en el próximo post, cuando hablemos de Thomas James Mather y su muy sufrida medalla.

Por cierto, que nuestro insigne general Joan Prim fue testigo directo de la contienda, participando como asesor del ejército otomano.

FUENTES:

http://www.pipetunes.ca/composers.asp?pg=Details&composerID=25

http://senderosdelahistoria.wordpress.com/2007/07/30/la-guerra-de-crimea-1854-1856/

GORDON, Lawrence: British Battles and Medals. Ed. Spink. 7º edición. Londres, 2008.

Anuncios