Las Batallas de la Guerra de la Independencia

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Citando a los clásicos, tengo que decir que hoy he venido a hablar de mi libro.

Me hace una tremenda emoción mostraros la portada de La Batallas de la Guerra de la Independencia. El título es lo suficientemente descriptivo. En cualquier caso, os resumo el contenido de la obra. Se trata de una aproximación rigurosa pero amena de las campañas militares y las batallas más importantes de la Guerra de la Independencia o, como deberían llamarse: las Guerras Napoleónicas en España.

Pero no se trata tan solo de un libro de batallas. Lo que más me ha llamado la atención a la hora de escribirlo han sido sus protagonistas. La gran parte de ellos personas extraordinarias… para lo bueno, pero algunos también para lo malo. Para citar algunos ejemplos, entre los napoleónicos recuerdo ahora mismo a Dupond, el general derrotado en Bailén, que era un consumado duelista; el impetuoso coronel de Dragones Chalot o el siempre desafortunada general Schwartz, siempre metido en problemas. Entre los británicos, el capitán de fragata Cochrane, cuya azarosa vida ha inspirado a diversos novelistas; el excéntrico John Downie, siempre al frente de su batallón de voluntarios extremeños blandiendo la espada del mismísimo Pizarro; o el general escocés Graham, que odiaba irracionalmente a los franceses por motivos que tendréis que leer en el libro 😉 Y, claro, una galería de personajes españoles impresionante. El ejército fernandino contó con grandes oficiales: el Duque de Albuquerque, Copons, Reding… Pero otros fueron una verdadera calamidad, como Areizaga o Lapeña. Y también alguna historia del pueblo llano, como la de Fernando Mayoral, con una sorprendente historia de mentiras e imposturas a su espalda; o la camarilla de Fernando VII en Valençay, en especial, personajes como el Chamorro o el intrigante Amézaga. Y solo cito una mínima parte de ellos. Lo cierto es que las aventuras, anécdotas, heroicidades y traiciones os dejarán pasmados.

La idea de este libro surgió de una conversación con Jaume Boguñà al inicio de la pandemia. El planteamiento inicial era el de publicar un libro sobre las batallas y medallas españolas de la Guerra de la Independencia. El confinamiento parecía el momento indicado para empezar a trabajar y nos pusimos manos a la obra. Pero cuando estábamos terminando el libro nos dimos cuenta que era mastodóntico, así que no nos quedó más remedio que dividirlo en dos partes. Así, en Las Batallas de la Guerra de la Independencia, no tan solo explico las batallas que había escrito para el libro original, sino que, además, he añadido capítulos adicionales, como los que corresponden a las batallas de Los Arapiles, Ocaña o la retirada del Ejército Expedicionario de John Moore.

El libro ya lo podéis encontrar en vuestra librería de confianza. HRM Ediciones, a quienes les agradezco la confianza que han depositado en mí, han realizado un extraordinario trabajo y estoy convencidísimo que disfrutaréis de su lectura.

Quedo a vuestra disposición para escuchar (o leer) vuestras críticas o comentarios.

Una historias de espías

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Introducción

Una de las cosas que más me gusta de coleccionar medallas es que, en ocasiones, una humilde pieza, de esas que muchos de nosotros tenemos en nuestra colección, nos permite tirar de un hilo que nos lleva a historias extraordinarias. Historias de valor, de sacrificio, de abnegación, incluso de heroísmo. La pieza de la que voy a hablar hoy es uno de esos casos. Y nos lleva a una historia de espionaje. Sucedió hace unos meses. En una subasta, una de las piezas ofertadas era una cruz de comendador de la Orden del Mérito Civil de la época del general Franco. Nada extraordinario, como veis. Eso sí, se adjuntaba diploma de concesión otorgado a un tal Carlos de Rafael Marés. Habitualmente, lo que suelo hacer es una búsqueda muy básica, normalmente en la hemeroteca de algún periódico. En este caso, me saltó una noticia en la de La Vanguardia. Lo interesante del caso es que me saltó nada menos que un obituario[i]. No una mera esquela pagada por la familia. ¿Quién debió ser Carlos de Rafael Marés para merecer que el diario más importante de Barcelona destacara la noticia de su fallecimiento?

Según este obituario, nuestro protagonista había fallecido en París el 19 de noviembre de 1974. Además de empresario, figuraba como agregado honorario de la Embajada de España. Así mismo, se listaban las condecoraciones que había recibido a lo largo de su vida: la medalla del Alzamiento Nacional, dos Cruces Rojas del Mérito Militar, Cruz de Caballero de la Orden de Isabel Ia Católica, Caballero de la Legión de Honor y Encomienda de la Orden del Mérito Civil, siendo esta última la pieza que presento. No se detallan los méritos para tantas distinciones de carácter militar y tan solo se menciona que durante la Guerra Civil fue el cónsul honorario de España en Marsella.

Concesión de la encomienda de la Orden del Mérito Civil.

Méritos Militares, Guerra Civil, Marsella… Comprenderéis que el asunto invitaba a una investigación mínimamente exhaustiva. ¿Hasta dónde podré averiguar quién fue Carlos de Rafael Marés? El primer paso, sin embargo, era conseguir la condecoración y su concesión. Como nadie le prestó el menor interés, el precio de salida marcó el de martillo y pude conseguir no ya una pieza de excelente calidad, sino que una pequeña aventura de investigación histórica. Empezaremos averiguando su procedencia.

Orígenes familiares

En cuanto a su familia paterna[ii], nos podemos remontar hasta el año 1817, con el nacimiento en Barcelona de Rafael de Rafael. Hombre inquieto, a los 12 años empieza a trabajar como impresor. Tratando de mejorar su suerte, en 1834, se traslada a Nueva York, donde trabajará para la imprenta de Juan de la Granja, que acabará adquiriendo. Compaginando su trabajo de impresor con hábiles inversiones inmobiliarias, pronto consigue amasar una modesta fortuna, que se verá notablemente incrementada con el paso de los años. En 1843, se traslada a México, donde empezará a editar un gran número de periódicos de tendencia conservadora y católica. Su intromisión en asuntos gubernamentales provocará que sea desterrado a los Estados Unidos, si bien recibirá el cargo de cónsul mexicano en Nueva York, realizando importantes misiones diplomáticas, como la negociación del Tratado de La Mesilla (1854) entre México y los Estados Unidos. Los últimos años de su vida los dedica a la carrera diplomática. 

Poco después de llegar a Nueva York, se había casado y tenido un hijo, Ramón de Rafael Moore, quien se trasladaría a La Habana, aún española, donde ejerce de médico y se casa con una mujer cubana, pero de origen flamenco, Matilde Verhulst. De aquel matrimonio nacieron ocho hijos, siendo uno de ellos el padre de nuestro protagonista, José Manuel de Rafael Verhulst. En 1884, la familia se traslada a Barcelona, donde nacerá su último hijo, Enrique. En 1896, tendrán que hacer frente a la inesperada muerte de Ramón, por lo que su esposa Matilde deberá sacar adelante sola sus ocho hijos, si bien contó con los ingentes recursos económicos de su familia. Todos los hijos acaban teniendo estudios superiores, siendo el benjamín, Enrique, la estrella aquella generación. Jesuita, matemático, químico y miembro de la Real Academia de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales fue un científico de prestigio internacional. También destacó la labor de su hermana, Matilde de Rafael Verhulst, miembro de la Sociedad Catalana de Biología y médico, aunque cuya labor se centró en la traducción de libros científicos del inglés y francés. Por su parte, José Manuel, el padre de Carlos, se licenció en Farmacia, profesión que ejerció toda su vida. A principios del siglo XX, José Manuel se casó con Carmen Marés Gribbin, hija de un acaudalado empresario, Carles Marés i Robert.

Can Carbassa es la magnífica casa que mandó construir Carles Marés a su triunfal regreso de Cuba. En la actualidad es una escuela. Foto: Obra citada de Myriam Frías.

Marés i Robert había nacido en un pueblo de la comarca catalana de La Selva en 1838. A los 12 años, se fue a Cuba, donde anteriormente había emigrado un tío suyo. En la isla caribeña, el joven Carles demuestra un extraordinario olfato para los negocios y conseguirá amasar una ingente fortuna. En Cuba contrae con una joven estadounidense llamada Isabel Griffin. Tras vivir unos años en Estados Unidos, en 1909, el matrimonio decide trasladarse a Barcelona con sus cinco hijos. El benjamín, como en el caso de la familia de Rafael, nacerá en la Ciudad Condal. Primero vivirán en un piso en la plaza Tetuán, pero poco después Carles Marés adquirió la fabulosa mansión Can Carbassa[iii]. Se trata de un espectacular edificio de estilo neoclásico construido sobre los cimientos de una antigua masía que databa de tiempos inmemoriales.

Carles Marés en el jardín de Can Carbassa, con su nieta Carmen, hermana de Carlos y de quien tendremos la oportunidad de hablar más adelante. Foto: Obra citada de Myriam Frías.

En Barcelona, Carles Marés dirigiría la filial española de la empresa estadounidense “Scott Bowne”[iv] dedicada a la industrialización de aceite de hígado de bacalao con fines medicinales, que tendría su sede en los bajos del edificio sito en la calle Valencia, número 333, de Barcelona y a la que se incorpora su yerno, José Manuel de Rafael quien, recordemos, era farmacéutico. Posteriormente, la empresa desarrollaría otro medicamento, llamado Uricure, que ampliaría considerablemente su fortuna. El último anuncio de Uricure aparece en La Vanguardia el 20 de junio de 1936.

Póster del producto estrella del Laboratorio de José Manuel de Rafael[v].

Y en la cuarta planta de aquel mismo edificio es donde se instala el matrimonio de José Manuel y Carmen y donde nacieron sus cinco hijos: Margarita, Carlos, María, Carmen y Matilde. Carlos nació concretamente el 24 de abril de 1906. Pero la felicidad familiar se truncó en 1916, cuando Carmen Marés falleció prematuramente el 9 de diciembre de aquel año[vi].

Carlos de Rafael es un joven hijo de la burguesía que asiste a todo tipo de eventos sociales, como puestas de largos, fiestas de carnaval, estrenos en el Liceo, bailes de la Cruz Roja o cenas organizadas por el llamado Grupo Alfonso[vii], una asociación de carácter monárquico y de derechas, siendo, al parecer, un miembro destacado, lo que nos muestra a nuestro protagonista como un joven al que no le es ajeno la realidad política de su país. En cualquier caso, no he podido determinar con su filiación política. Por el entorno, parece ser que lo lógico hubiera sido que simpatizara con el catalanismo burgués representado por la Lliga Catalana, aunque no se puede descartar que formara parte de La Traza, una organización paramilitar y filofascista creada en Barcelona en 1923 y que tuvo un cierto predicamento entre los oficiales de las guarniciones de la ciudad, a las que Carlos de Rafael, como veremos, estaba en contacto.

De hecho, del Archivo Militar de Segovia obtenemos su historial militar. En él, leemos que con 18 años se alista en el ejército voluntariamente como soldado de infantería, siendo ascendido paulatinamente a los diferentes grados de suboficial, hasta ser nombrado alférez de complemento. A excepción de un breve periodo de tiempo, a finales de 1925, cuando es destinado a Dar Drius (Marruecos), su vida militar transcurre en los cuarteles barceloneses del célebre Regimiento de Vergara nº 57. La última entrada de su abúlico historial militar es del año 1934. Como condecoraciones, tan solo se menciona la del Homenaje a los Ayuntamientos de 1925. Ni rastro de las dos cruces del Mérito Militar… Raro, ¿no?

Un día de julio de 1936. Alzamiento y Revolución

El 17 de julio, el ejército de África se alza contra el gobierno de la República. Numerosos acuartelamientos en el resto de España se unirán a la sublevación militar. En Barcelona y otros puntos de Cataluña, el alzamiento tiene lugar el 19 de julio, pero el descoordinado amotinamiento de los militares los llevará al fracaso. Eso sí, no sin antes habiéndose producido violentos combates en el centro de la ciudad. La jornada termina con la derrota de los insurrectos y con una revolución en marcha. La CNT-FAI, el sindicato mayoritario en Cataluña, se ha hecho con miles de armas con las que planean llevar a cabo la revolución. Y el primer paso para conseguirla va a ser la eliminación física de los enemigos. Y estos no son otros que la gente de “derechas”.

Y es que los anarquistas se la tenían jurada a todo lo que oliera a derechas desde, por lo menos, la Semana Trágica (1909). Aquel movimiento insurreccional había sido reprimido durísimamente. Posteriormente, en Barcelona se viviría el sangriento episodio del pistolerismo, con los asesinatos tanto de burgueses como de líderes sindicales, que tiñó de sangre las calles de la Ciudad Condal. Por cierto, el pistolerismo patronal fue organizado por uno de los líderes de la Lliga Catalana e íntimo amigo y colaborador de Cambó, Josep Bertran i Musitu, del que tendremos la oportunidad de hablar un poco más adelante.

Así, las primeras víctimas de la Revolución fueron el clero, siendo el primer asesinado el sacerdote de la parroquia del Buena Pastor, el mismo día 19 de julio. Pero a este le seguirán destacados políticos de derechas, militares, empresarios, terratenientes, comerciantes o intelectuales. Una sombra de terror se cernió sobre Cataluña primeros meses del conflicto, cuando fueron asesinadas 4.682 personas entre julio y septiembre, del total de 8.352 que serían asesinadas a lo largo de toda la guerra[viii]. Una de estas víctimas es Rafael de Rafael Verhulst, tío de Carlos, que será fusilado el 31 de julio[ix].

Las fuerzas del orden de la Generalitat se vieron desbordadas hasta principios de octubre, cuando consiguieron atajar las matanzas indiscriminadas. Sin embargo, lo que sí consiguió desde julio fue organizar la evacuación de personas perseguidas por los elementos incontrolados, en coordinación con diversos consulados. Así, una gran parte de las personas que temen ser víctimas de esta represión toman el camino del exilio. En Cataluña, se cree que fueron aproximadamente unas 45.000 (entre catalanes y extranjeros residentes en el Principado). Una gran parte de ellas, salió del puerto de Barcelona, partiendo el primer buque del 24 de julio. Todas ellas con salvoconductos expedidos por la Generalitat de Cataluña, en una actitud que elogió el mismísimo general Queipo de Llano[x]. La mayor parte de estos exiliados tuvieron como destino Génova. Una proporción menor, pero no por ello menos importante, atracó en el puerto de Marsella. A tenor de la documentación consultada, tenemos que suponer que Carlos de Rafael fue de los que llegaron a Génova[xi].

En la capital de Liguria, se encontraban destacados dirigentes de la Lliga Catalana recaudando fondos para la causa nacional… y reclutando voluntarios a jóvenes capaces para poder llevar desarrollar una red de espionaje de la que, por sorprendente que parezca, carecían tanto los republicanos como los nacionales.

Hasta entonces, el espionaje en España se había desarrollado de un modo podríamos que denominar como irregular. Fundamentalmente, se basaba en confidentes o agentes sin una estructura militar organizada cuyo origen se podría datar en la invasión cartaginesa de Iberia, sino antes. Estos confidentes han actuado en todas las guerras y encontraríamos numerosos ejemplos en la Guerra de la Independencia, las Guerras Carlistas o, por poner otro ejemplo, en el Rif. Pero se carecía de una estructura e, incluso, de fiabilidad. De hecho, es probable que la ausencia de una organización sólida seguramente fue una de las causas que provocaron desastres como el del Annual de 1921.

Sea como fuere, tras estallar la Guerra Civil, en el bando nacional surgen voces que reclaman la creación de una organización de espionaje, tal y como existe en otros países europeos. Al parecer, es el general Mola quien le comisiona a Josep Bertran i Musitu para que llevase a cabo esta misión. Este abogado, político y empresario, uno de los líderes de la Lliga Catalana, junto con Juan March y Francesc Cambó, pertenecía al selecto club de los ultra-millonarios. Su capacidad organizativa era extraordinaria y contaba con los medios y los contactos para crear una red de espionaje partiendo desde cero. Su red se denominó SIFNE (Servicios de Información de la Frontera Nordeste de España) y tenía la base de operaciones en una mansión de Biarritz llamada Grande Frégate.

La historia del SIFNE ha sido bien estudiada y no nos vamos a extender más de lo necesario para indicar que entre sus agentes se encontraban personas muy relevantes de la sociedad catalana como Joan Estelrich, Carles Sentís, Josep Vergés, la cupletista y reina del Paralelo Raquel Meller e, incluso, el escritor Josep Pla. Lo que no he podido saber es cómo y cuando Carlos de Rafael Marés entra en contacto con el SIFNE. Probablemente fuera en Génova donde entró en contacto con Raimon d’Abadal i Calderó, otro destacado dirigente de la Lliga Catalana y que se encontraba en la capital de Liguria reclutando a voluntarios para formar parte del SIFNE. El caso es que en pocas semanas llegó a ocupar un puesto clave en su organigrama, nada menos que el responsable de las claves y el contacto con los agentes.

Todo parece indicar que fijó su residencia en Marsella, donde a la sazón vivía su hermana Carmen[xii] y donde, como hemos visto, trabajaba en el Consulado de España[xiii]. En Marsella, los agentes coordinados por Carlos de Rafael tenían como misión: vigilar los barcos que atracaban en el puerto y trasladaban víveres o pertrechos militares a la España republicana. En algunos casos llegaron a sabotear a los buques, en otros se limitaban a transmitir los datos para que estos buques fueran interceptados (o, como el caso del vapor Navarra, torpedeados).

Sin embargo, en algún momento de 1938 las autoridades francesas descubren la red y son expulsados de Francia, por lo que se ven obligados a trasladar su sede a Irún. Entonces, el SINFE, que hasta ese momento actuaba como una entidad se diría que privada e independiente de los servicios secretos franquistas, es absorbido por el SIM (Servicio de Información Militar), de reciente creación y dirigido por el militar (también catalán), Josep Ungría. En 1939, el SIM pasará a denominarse SIPM (Servicio de Información y Policía Militar).

Encomienda de la Orden del Mérito Civil entregada a

Carlos de Rafael Marés

Y la guerra terminó…

Desconozco si a lo largo de toda la guerra, Carlos de Rafael continuó trabajando para el SIM y, posteriormente, el SIPM. Algunos de sus compañeros, como el célebre periodista Carles Sentís, se fueron a luchar al frente. Nada de ello indica su historial militar conservado en el Archivo de Segovia. Por ello, me inclino a suponer que se quedaría en Marsella viviendo con su hermana y vinculado al consulado español de Marsella ya que, en 1942, aparece citado junto con el cónsul organizando la huida de judíos europeos de la garra de los nazis.

Curiosamente, por Orden del 22 de junio de 1939, fue nombrado alférez de complemento de infantería con una antigüedad del 24 de abril de 1937[xiv] (según el mencionado historial, lo debería ser desde 1926…). Y por las Órdenes de fechas 3, 14 y 31 de julio de 1944, es ascendido al grado de teniente[xv]

El caso es que muchas de las personas que han apoyado a Franco y al Ejército Nacional, el final de la guerra les deja con una sensación de victoria amarga. Monárquicos, carlistas e, incluso, muchos falangistas, se mostrarán decepcionados por el cariz que toma el nuevo régimen. No será distinto para los catalanistas de la Lliga, que esperaban poder mantener una cierta autonomía y respeto por la cultura catalana y que se encontraron con que Franco arrasó todo atisbo de catalanidad por la que habían luchado desde principios de siglo. No cabía más opción que adaptarse o exiliarse. Y para los que decidieron regresar, tuvieron que hacer frente a juicios en virtud de la ley de Responsabilidades Políticas y Civiles, acusados de haber abandonado España durante la guerra y afeándoles su pasado catalanista, aunque en muchos casos estos juicios terminaban en el sobreseimiento, la absolución o la imposición de una multa. Esta ley no dejaba de ser un aviso a navegantes.

En cuanto a Carlos de Rafael, sabemos que en 1955 funda una empresa a la que llama con su propio nombre dedicada a la fabricación de utensilios para laboratorios. Aunque al parecer, sigue viviendo a caballo entre Francia y España. Además, es consejero de la Banca Jover, presidente de las compañías Muñuzuri, Ripolin – Georget. S. A. y Amfos, S. A. De su vida personal, tan solo he podido averiguar que se casó con Françoise Merlange Albanel, fallecida en París el 31 de agosto de 1960, no consta que tuvieran hijos[xvi].

Este texto, con alguna modificación, había sido publicado por el autor en el Foro de Coleccionismo Militar FECOM el 13 de abril de 2022.

Bibliografía:

DOLL-PETIT, Rubèn: Els catalans de Gènova: Historia de l’èxode i l’adhesió d’una cladse dirigent en temps de guerra. Publicacions de l’Abadia de Montserrat, S.A. Barcelona, 2003

GONZÀLEZ I VILALTA, Arnau: Humanitarisme, consolats i negocis bruts : evacuacions a Barcelona (1936-1938). Editorial Base. Barcelona, 2020

VILANOVA, Francesc: Fer-se franquista. Guerra Civil i postguerra del periodista Carles Sentís (1936-1946). Edita Lleonard Muntaner. Barcelona, 2015

VVAA: Una de las obras de Socorro del Consulado General de Francia en Barcelona durante los trágicos acontecimientos de 1936-1938: lista de las 6.630 personas salvadas o evacuadas en buques de guerra y otros barcos franceses. Industrias Graficas Barcino, Barcelona, 1940

VILLARROYA I FONT, Joan: Violència i repressió a la reraguarda catalana: 1936-1939. En:

http://hdl.handle.net/2445/35535

Archivos:

Archivo Militar General de Segovia

Archivo General de la Guerra Civil Española de Salamanca

Archivo Contemporáneo del Ayuntamiento de Barcelona

Registro Civil de Barcelona


[i] Necrológica en La Vanguardia Española de fecha 20 de noviembre de 1974, p. 37 y obituario en La Vanguardia Española de fecha 21 de noviembre de 1974, p. 36.

[ii] SÁNCHEZ PÉREZ, José Augusto: “Necrología del R. P. Enrique de Rafael Verhulst” en la Revista de la Academia de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid. Madrid, 1955.

[iii] FRÍAS MARTÍNEZ, Miryam: Levantamiento Arquitectónico de Can Carabassa. Escola Politència Superior d’Edificació de Barcelona. Universitat Politècnica de Catalunya. Por cierto, Can Carbassa sigue en pie. Actualmente es el colegio de los Hermanos de la Sagrada Familia.

[iv] https://historiadelamedicina.wordpress.com/2017/02/24/aceite-de-higado-de-bacalao-emulsion-scott/

[v] https://www.original-poster-barcelona.com/es/salud-y-belleza/3087-uricure.html

[vi] Necrológica en La Vanguardia de fecha 21 de diciembre de 1916, p. 1

[vii] La hemeroteca de La Vanguardia es una rica fuente para este tipo de eventos de los que listamos algunos ejemplos en las ediciones de los días: 6 de noviembre de 1928 (p. 13), 16 de febrero de 1928 (p. 17, una fastuosa fiesta de carnaval organizada por Josep Maria de Bofarull i d’Olcinellas, barón de Ribelles, 8 de diciembre de 1034 (p. 10) o 6 de enero de 1935 (p. 13)

[viii] Doll-Petit (2003), pp. 25-26.

[ix] Villarroya i Font (1988), p. 736. En el Registro Civil de Barcelona su certificado de defunción es el número 2.625 del juzgado nº 6. 

[x] El 24 de agosto de 1936, desde Radio Sevilla, Queipo de Llano declaraba que Lluís Companys: “había dejado salir de Barcelona a más de cinco mil hombres de derecha, lo cual ha de aminorar sin duda la responsabilidad que pesa sobre él. ¡Dios se lo tenga en cuenta!”. Doll-Petit, op. cit., p. 47. Sobre el papel de la Generalitat facilitando salvoconductos para ayudar a la huída de los perseguidos por las milicias anarquistas, también se puede consultar MANENT, Albert: “1936: Com se salvaren els prohoms de la Lliga Catalana” en De 1936 a 1975: Estudis sobre la Guerra Civil i el franquisme, del propio autor. Editado por L’Abadia de Montserrat, 1999, pp. 43-102.

[xi] El Consulado General de Francia en Barcelona publicó una lista de personas que habían embarcado rumbo a Marsella, en la que no se encuentra Carlos de Rafael (ver Una de las Obras de Socorro…). Por otro lado, sí que aparece en Génova solicitando un pasaporte para ingresar en la zona nacional, el 14 de septiembre de 1838 (Doll-Petit, op. cit., p. 349), por lo que suponemos que solicita salir desde Génova es que debió entrar por la capital de Liguria.

[xii] Carmen (1911-1990) vivía en Marsella desde 1935, cuando se había casado con Pierre Kurz. Con quien tuvo una hija, Odile. En 1943, con Pierre preso de los nazis, Carmen regresó a España. En 1954, empezaría su carrera literaria con el nombre de Carmen Kurtz, consiguiendo llegar a ser una escritora de renombre en su generación, con numerosos premios en su haber, entre los que destaca el Premio Planeta. Por cierto, para quien tenga interés, su primera novela (Duermen bajo las aguas), basada en hechos autobiográficos, nos proporciona un fiel y tierno retrato de la infancia y adolescencia que tuvo el protagonista de este texto.

[xiii] El tema de las Embajadas y los Consulados es otro melón que no voy a abrir. Pero en resumen indicaré que, al inicio de la Guerra Civil, la mayoría de las delegaciones diplomáticas españolas se decantaron por el bando sublevado. Así que el Gobierno de la República destituyó a todos los embajadores y cónsules, nombrando a nuevos. Asi que se daba el caso que en algunas ciudades convivían dos delegaciones diplomáticas: la republicana y la nacional.

[xiv] Boletín Oficial del Estado de fecha 24 de junio de 1939, página 3.438.

[xv] Diario Oficial del Ministerio del Ejército de fecha 31 de octubre de 1944, p. 492.

[xvi] Necrológica en La Vanguardia Española de fecha 6 de septiembre de 1960, p. 20.

Reseña de El Orden del Mérito Militar en sus variantes. 1864-2020

Seguramente, por su historia, sus variantes y su belleza, la Orden del Mérito Militar es una de las condecoraciones más interesantes del mundo. Al ser otorgada al mérito, quien la obtuvo tuvo que realizar algún hecho relevante para ser merecedor de ella. Además, cada vez que ha habido un régimen político en España, se han realizado cambios en su diseño, sin contar con los detalles que permiten identificar a cada fabricante. Ello provoca que cruces o placas que aparentemente sean “iguales” en realidad puedan tener un valor histórico extremadamente diferente. Todo ello se analiza minuciosamente en el libro LA ORDEN DEL MÉRITO MILITAR EN SUS VARIANTES 1864-2020, escrito por Jaume Boguñà y Antonio Rodríguez Belles, obra destinada a convertirse ya no solo en la obra de referencia sobre esta condecoración, sino que marca el camino a como se deben realizar las monografías sobre las condecoraciones en el futuro. 

La obra está dividida en catorce capítulos en el que se analiza esta condecoración según por su periodo histórico y por sus modelos. Detalladas explicaciones nos permiten conocer los diferentes grados y aprendemos a distinguir las piezas según sus periodos y fabricantes. En este sentido, es especialmente interesante el capítulo dedicado a las cruces del Mérito Militar franquistas, cuyo análisis llega al paroxismo. 

Ejemplo de lo que comentamos es esta página, en la que se analizan diferentes fabricantes de la cruz durante el periodo franquista.

En el libro, además, está perlado de concesiones de esta orden, dando espacio a una parte del coleccionismo de militaría que muchas veces no se le da la importancia que realmente debería tener, ya que las concesiones, en definitiva, nos indican ya no tan solo quien y cuando recibió la condecoración, sino que, además, en muchos casos se relata el acto “meritorio” por el que le fue concedida la condecoración. No menos interesante es la selección de fotografías de militares con esta condecoración. 

La obra cuenta con la colaboración de los más importantes coleccionistas de condecoraciones de España, quienes han cedido imágenes de sus órdenes del Mérito Militar configurando una recopilación que será prácticamente imposible repetir.

Algunos de los ejemplares que se muestran son extremadamente raros.

Como complemento, cabe reseñar los capítulos dedicados a la Cruz de María Isabel Luisa, antecesora de la Orden del Mérito Militar. Finalmente, hay un capítulo dedicado a condecoraciones de tipo joya, no estrictamente de la Orden de Mérito Militar, que, para los coleccionistas, será un verdadero capricho para vuestros ojos. Y no menos interesante es el capítulo final dedicado a ayudarnos a identificar a los modelos antiguos (históricos) de las copias actuales, dado que últimamente se han detectado en algunos mercados (y hasta en algunas instituciones), modelos de fabricación actual mostrados como si fueran antiguos.

Un total de 339 páginas que se han convertido en una obra ineludible para los coleccionistas de falerística, para numismáticos (¡qué herramienta les acaba de caer del cielo!) y, como no, para los aficionados de la historia en general. Se trata de una edición limitada a 300 ejemplares y, como será difícil que se vuelva a reeditar, no me esperaría a adquirir un ejemplar.  

Imprescindible anexo final con todos los modelos según su época y fabricante. Un trabajo irrepetible.

Cruz del Campo de Honor. El último misterio de las Guerras de Emancipación Americanas

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AVISO DEL AUTOR: posteriores investigaciones acerca de esta condecoración, me llevan a concluir que la Cruz del Campo de Honor no es la medalla que supuse al escribir este artículo. Esta medalla, que era desconocida, ya la he identificado y estoy trabajando en un nuevo artículo para desvelar su nombre y procedencia. Así, la Cruz del Campo de Honor seguirá siendo un misterio. No borro el texto ya que en él, expongo otra informaciones sobre la falerística de las medallas de las Guerras de Emancipación Americanas que creo que siguen siendo interesantes. 

El sistema premial español es probablemente el más complejo y extenso del mundo. Y si las condecoraciones de la primera mitad del siglo XIX son un buen ejemplo, ello llega a su máximo paroxismo en el caso de las medallas españolas de las Guerras de Emancipación Americanas.

Las revueltas en las colonias americanas fueron una constante a lo largo de todo el periodo de ocupación española. Para citar solo algunas de las que tuvieron lugar en diferentes territorios de las colonias en el último cuarto del siglo XVIII, tenemos: la revuelta de José Gabriel Condorcanqui (Tupac Amaru II) en el virreinato de Perú, en 1780; las de los comuneros del Socorro en el de Nueva Granada, en 1781; o la conspiración de los machetes desestabiliza México en 1799. A principios de siglo XIX, las revueltas pasan a ser proclamaciones de independencia, en una evolución que tiene su pistoletazo de salida (y nunca mejor dicho) el 10 de agosto de 1809 cuando la Junta Soberana de Quito proclama la independencia de sus territorios circundantes. A partir de entonces se inicia un proceso de guerras que recorrerán toda la América española y que, con paréntesis de décadas en algún caso, terminará con el Desastre del 98.

Fernando VII, pintado por Francisco de Goya. El Deseado para unos, el Felón para otros.

El periodo de más intensidad (y el más desconocido para el común de los españoles) es el de las Guerras de Emancipación que empezarían con la citada proclamación de 1809 y que terminaría en 1826[1]. Fue un periodo que abarcó un extensísimo territorio y durante un largo periodo de tiempo, en una guerra que fue especialmente cruenta. Este encarnizamiento se acentuó por la alternancia de victorias y derrotas entre los dos bandos, lo que crecieron las represalias, casi siempre sangrientas. Un ejemplo de ello es el Decreto de Guerra a Muerte que Simón Bolívar firmó el 15 de junio de 1813, por el que ordena:

“Que desaparezcan para siempre del suelo colombiano los monstruos que lo infestan y han cubierto de sangre; que su escarmiento sea igual a la enormidad de su perfidia, para lavar de este modo la mancha de nuestra ignominia y mostrar a las naciones del universo que no se ofende impunemente a los hijos de América (…) Todo español que no conspire contra la tiranía en favor de la justa causa por los medios más activos y eficaces, será tenido por enemigo y castigado como traidor a la patria, y por consecuencia será irremisiblemente pasado por las armas”.

Simón de Bolívar, un personaje no exento de claroscuros.

Siguiendo esta línea, el militar independentista Briceño, organizó un cuerpo de voluntarios, cuyo primer objetivo era el de «destruir en Venezuela la raza maldita de los españoles europeos, en que van inclusos los isleños de Canarias…Ni uno solo debe quedar vivo«. Por matar a 25 españoles, se ascendía a teniente; por matar a 50, a capitán. Este decreto estuvo vigente hasta 1820, pero la guerra a muerte siguió[2]. Y no solo se atacaron a las personas. Como explica Benedet[3] “todo lo proveniente de España “era considerado pobre, vergonzoso, indigno”. La destrucción del barrio colonial español de Buenos Aires por parte de Rivadavia es un ejemplo de ello. El mismo camino recorrieron otras huellas del paso de los españoles por América. Y, como no, los archivos. Muchos archivos fueron destruidos o “se perdieron”. Y si bien es difícil determinar cuántos se destruyeron, sí que parece ser que mucha documentación militar o relacionada con los ejércitos realistas fue pasto de las llamas. Y por su puesto, si algo fue fruto de la destrucción fueron las condecoraciones y uniformes (en los que se cosían los escudos de distinción) del enemigo. Había elementos militares, como las armas y la munición que se podían utilizar independientemente del bando. Pero ¿quién querría conservar las medallas del enemigo? Por ello, lo más probable es que si éstas cayeron en manos del enemigo, las destruyeran. Del mismo modo, los realistas que se quedaron en América y que conservaran condecoraciones o uniformes, se apresurasen a deshacerse de ellos, para evitar embarazosos compromisos.

Dos medallas a los Defensores de la Plata. Obsérvese como en una de ellas se han tratado de eliminar los símbolos reales.

Ello ha significado que las medallas españolas de las guerras de emancipación sean las más complicadas de estudiar. Ya que en algunos casos no es posible ni tan solo determinar cuál era el diseño de alguna de estas condecoraciones. En este texto, vamos a tratar de desvelar una de ellas.

Muchos han sido los estudiosos que han tratado de poner luz a la historia de las condecoraciones realistas. El más exhaustivo de ellos, sin duda se trata Emancipación Americana, de Antonio Prieto Barrio y en el que me basaré para el estudio de estas medallas, sin olvidarme de los estudios clásicos de condecoraciones españolas, y que bien citaré a lo largo del texto o bien listaré en el apartado de la bibliografía. En el Anexo 1 de este texto listaré todas las condecoraciones que han sido catalogadas, ahora me limitaré a enumerar las que se conoce el nombre, pero se desconoce el diseño[4], son las siguientes:

Medalla a Juan Tomás Altamirano. Se tiene constancia de su creación, pero se desconoce el diseño. Fue una medalla en exclusiva para él[5].

Medalla de distinción a los indios zapadores de Jalapa (1813): Para “la compañía de indios zapadores de Xalapa, [que] cumplió sobresalientemente y el señor Olazabal la recomienda al superior gobierno, suplicando la aprobación de una medalla que les concedió para recompensar su patriotismo”[6]. Pero durante mi investigación, he encontrado un texto en el que, según García Ruiz, esta condecoración se trataba de un “escudo de plata que tenía grabadas las armas de la villa de Xalapa”[7].

Medalla de distinción de la ciénaga de Santa Marta (1815): Concedida por la victoria naval de 28 de marzo de 1814 alcanzada en la ciénaga de Santa Marta por la División de Bongos[8].

Escudo o medalla de distinción de Yesera: se la da la instrucción al coronel Lavin para que “determine un escudo o medalla con el lema que le parezca más análogo que sirva al mismo tiempo de premio a todos los valientes individuos, que tan bizarramente han correspondido a su deber”[9] en el combate de Yesera.

Finalmente, tenemos las dos últimas medallas:

Medalla de Distinción del Ejercito Real del Perú: La cinta con cinco listas, la central blanca, las siguientes, gualda y las de los extremos rojas[10]. Y a la que incluye esta ilustración:

 

Cruz del campo de honor: de la que Prieto Barrio nos indica:

“En estos mismos días, observando el general la Serna que los oficiales es de los cuerpos del país, al ver que los expedicionarios no llevaban escudos y sí cruces de distinción por las batallas y acciones de la Península, principiaban a tener en poco aprecio los que ellos habían obtenido por las de América, quiso ocurrir a este inconveniente creando una distinción con el nombre de Cruz del campo de honor, que supliese a la de San Fernando, cuyos trámites hacían inútiles sus efectos en este país por la tardanza que debía sufrir la expedición de las cédulas. El brigadier Olañeta fue el primero que obtuvo esta condecoración por la sorpresa de Yavi (Jujuy, actual Argentina), declarándole además presidente nato de los consejos que se celebrasen en lo sucesivo para la adjudicación de estas distinciones. La elección, diseño y reglamento de la referida cruz fueron aprobados por el Rey N. S. en diciembre de 1821”[11].

Así pues, nos encontramos ante una condecoración tan importante como desconocida. Nada más y nada menos que una cruz que sería paralela a la Orden de San Fernando mientras ésta se tramitaba en la metrópoli y a menudo pasaban años hasta su concesión.  En definitiva, se trata una cruz otorgada al valor heroico en grado sumo creada solamente para hechos en Sudamérica, pues indica en los motivos de su creación la necesidad de premiar rápidamente actos de heroísmo.

El presidente de los Consejos de la Cruz del Campo de Honor fue, como se cita arriba, Pedro Antonio de Olañeta Marquiegui[12], quien además encabezaba sus documentos con la siguiente presentación:

  1. Pedro Antonio de Olañeta, Caballero de la Real Orden de San Fernando, Comendador de la americana de Isabel la Católica, condecorado con la Cruz del Campo de Honor, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos, Capitán general de las provincias del Rio de la. Plata, Superintendente Subdelegado de Real Hacienda[13].

A la muerte de éste, en abril de 1825, no hay constancia documental que su cargo como presidente de los Consejos de la Cruz del Campo de Honor pasara a otra persona.

Pedro Antonio de Olañeta.

Lo cierto es que la concesión de las órdenes de San Fernando no era precisamente vertiginosa. Por ejemplo, al teniente de navío Pascual María Cañizo y Pareja, al mando del navío Esmeralda que rechazó el traicionero abordaje del navío Lautaro en julio de 1818, recibió la concesión de la Laureada en 1827 lo que explicaría la creación de dicha Cruz.

Por otro lado, es muy difícil poder determinar al no localizarse archivos cuántas cruces del Campo de Honor se concedieron a lo largo de las guerras de emancipación ya que, al parecer, sobre todo hacia el final de la contienda se concedieron órdenes de San Fernando con una cierta profusión. Así, por ejemplo, por la defensa del castillo de San Juan de Ulúa, en el Virreinato de Nueva España, se entregaron hasta 138 Cruces Laureadas de San Fernando de 2º clase a los defensores que habían sobrevivido. La acción, que tuvo lugar en noviembre de 1825, pero las Laureadas no se aprobaron hasta febrero de 1827. Mientras que por la defensa de la plaza del Callao (Perú), del 9 de diciembre de 1824 al 23 de enero de 1826, se concedieron 11 Órdenes de San Fernando de 2º clase en mayo de 1831, siempre mucho más tarde.

Pero ¿cómo podría ser esta medalla?

El experto y coleccionista de condecoraciones españolas de la primera mitad del siglo XIX, Jaume Boguñà, cree que posiblemente la condecoración podría ser esta:

Anverso.

Reverso.

Variante sin monograma ni granada central pintada:

Variante.

Lo cierto es que hay elementos que me inclinan a pensar que Jaume Boguñà pueda tener razón. Para empezar, la medalla que presenta está sin identificar. Varias de sus características nos llevan a concluir que se trata de una pieza del primer tercio del siglo XIX, a saber: el tipo de esmalte al fuego, el diseño, la anilla tipo churro (anterior a las que son circulares de fechas posteriores) y por el tipo de pintura que presenta el monograma real y la granada pintada a mano. Si concluimos que es de esta época, tenemos que todas las condecoraciones peninsulares ya han sido identificadas, por lo que tendría que ser una condecoración de las Guerras de Emancipación. Si continuamos en esta vía, parece claro que una clara referencia a los Reyes Católicos la inhabilita como medalla de los patriotas independentistas, con lo que debería ser una medalla realista. Dentro de las medallas realistas, hemos dicho que las que quedaron sin determinar cuál es su diseño son las siguientes y me atrevo a exponer los motivos por lo que no creo que la medalla que se presenta sea ninguna de éstas:

Medalla a Juan Tomás Altamirano: esta es una de las condecoraciones que se entregaban a una única persona (a veces, a dos personas), por una acción de destacado mérito. Normalmente, caciques locales de origen indio. Estas condecoraciones nunca eran esmaltadas.

Medalla de distinción de la ciénaga de Santa Marta: al ser una condecoración de una campaña muy concreta, similares condecoraciones no solían ir esmaltadas, en cualquier caso, deberían hacer referencia de alguna manera, clara y específicamente al combate que premia, y no es el caso.

Escudo o medalla de distinción de Yesera: un caso similar al anterior, ni tan solo queda claro que realmente existiera, máxime si tenemos en cuenta que el coronel Lavin, el encargado de diseñarla no tardó en pasarse al bando de los patriotas independentistas.

Medalla de distinción del Ejercito real del Perú: la propuesta que presenta Prieto como, que indica que podría ser también la Cruz del Campo de Honor, si bien la medalla esta orlada con laureles, éstos no están situados alrededor de la cruz (como corresponderían en una laureada), sino que la coronan. Por otro lado, la medalla que presenta el Sr. Boguñà presenta la cifra “F Y”, que hace referencia a los Reyes Católicos, mientras que si fuera una medalla correspondiente al Virreinato del Perú tendría más sentido que figuraran las cifras “I K” que aparecen en el escudo de este virreinato y que hacen referencia a Juana I y Carlos I, bajo cuyo reinado se fundó la ciudad de Lima y se creó el virreinato. Además, una condecoración al valor heroico que sustituyera o fuese paralela a la Orden de San Fernando creada en 1811, debería llevar espadas (al igual que la ya citada Orden), que es el caso de esta condecoración que es la única que las tiene en esa contienda.

En referencia a la citada cruz, tiene los siguientes elementos que me inclinan a pensar que, efectivamente, se trata de la Cruz del Campo de Honor, aparte de ya los citados anteriormente: esta cruz incluye laureles que la rodean y espadas colocadas de la misma forma que la Orden de San Fernando; las cifras de los Reyes Católicos pueden hacer referencia a la universalidad de la condecoración en todo el territorio americano, ya que fue bajo su reinado que se descubrió el continente; finalmente, la granada, no la interpreto como símbolo del Virreinato de Nueva Granada, sino que la granada rajada en su fruto para que se viera su interior, era el símbolo de la monarquía hispánica[14], lo que nuevamente permite pensar que se trata de una condecoración para el conjunto del continente americano y no para ningún virreinato en concreto, hay que tener en cuenta que el resto de piezas localizadas de aquella guerra incluyen en su diseño el lugar del hecho bélico además de la fecha y esta no, siendo la única que es así curiosamente.

El Sr. Prieto Barrio, por su parte, señala que, si la Cruz del Campo de Honor tenía por objeto sustituir a la Orden de San Fernando, teniendo en cuenta el diseño de ésta última según su tercer reglamento (10 de julio de 1815), también la Cruz de Distinción del Ejército Real del Perú también podría ser compatible como la “medalla de sustitución”. Aunque si bien en diseño original de la cruz recuerda al de la Orden de San Fernando, los laureles no la rodea, sino que la coronan. Por otro lado, las espadas como uno de los elementos idiosincrásicos de esta orden no aparecen hasta 1835, oficializándose en el reglamento de 1856.

Así pues, lamentablemente, sin un soporte documental, estas suposiciones, por más que nos puedan parecer indicios más o menos sólidos, no nos permiten concluir fehacientemente cuál es el verdadero diseño de la Cruz del Campo de Honor. No queda más que esperar a que investigadores sigan sacando a la luz nuevos documentos que nos permitan soportar documentalmente nuestra afirmación. 

A continuación, ilustramos algunas piezas de esta época y guerra:

Medalla de Aculco, Guanajato y Puente Calderón; Cruz de Cartagena de Indias; y Medalla de Distinción de Etzacopuzalco.

Mi sentido agradecimiento a Jaume Boguñà i a Antonio Prieto Barrio por su inestimable ayuda en la redacción de este texto.

Notas:

[1] Cabe tener en cuenta dos aspectos a parte, que añaden complejidad al asunto: los países que terminaron independientes del dominio español no conformaron el actual mapa político de Latinoamérica, posteriormente hubo movimientos independentistas (y cruentas guerras) en el interior de ellos. Por otro lado, España no reconoció la independencia de estos territorios hasta la década de 1840.

[2] Hay algún historiador que ha obviado la violencia realista, lo cierto es que las matanzas se produjeron en los dos bandos. A modo de ejemplo es la guerra de guerrillas que se produjo en el Alto Perú y en el que no se tenía por costumbre tomar prisioneros: las ejecuciones de éstos eran la norma. O la sangrienta batalla de Junín, una de las últimas de la guerra, en el que las circunstancias de la batalla no permitieron que se pegara ni un solo tiro: la batalla se desarrolló a sablazos y lanzazos. O lo que sería lo mismo: una batalla medieval sin armaduras.

[3] Benedet (2012).

[4] Si bien dentro del sistema premial se deben incluir los Escudos de Distinción, el objeto de este texto es el de identificar una medalla en concreto, por lo que me voy a centrar en las medallas. Las obras que cito en la bibliografía tratan con detalle el extenso tema de los Escudos de Distinción.

[5] Prieto Barrio (2019), p. 12.

Sobre esta medalla no he encontrado más referencia que en PORTILLO VALDÉS (2011), pg. 202: “Juan Tomás Altamirano, gobernador de naturales en 1810 [de Tlaxcala], exhibía ante el cabildo orgulloso la medalla que le había hecho llegar el virrey Venegas «en premio de fidelidad», por haber abortado un intento de introducción de los insurgentes en la provincia. En ese acto no sólo se exhibía el honor personal y familiar, sino del de la provincia que, mediante la demostración de fidelidad, de nuevo, buscaba reforzar su propia posición foral”. Si bien, no se hace ninguna referencia a su diseño.

[6] Prieto Barrio, Op. cit., p. 37

[7] García Ruiz (2016), p. 27. “En reconocimiento a estos servicios, el ayuntamiento constitucional de Xalapa condecoró a sus “ciudadanos naturales” con un escudo de plata que tenía grabadas las armas de la villa de Xalapa”, según documento encontrado en el Archivo Histórico Municipal de Xalapa, Actas de Cabildo de 1814, f. 10.

[8] Prieto Barrio, Op. cit., p. 64. La Provincia de Santa Marta fue una entidad administrativa del Imperio Colonial español que formaba parte del Virreinato de Nueva Granada. Estaba situada en al norte de la actual Colombia, en la desembocadura del río Magdalena, lindando con la Provincia de Cartagena. Fue una provincia que se mantuvo fiel a la Corona Española.

[9] Prieto Barrio, Op. cit., p. 83. Yesera pertenece hoy en día a la ciudad de Tarija, en la actual Bolivia. Fue escenario de sangrientos enfrentamientos entre las tropas realistas y grupos de guerrilleros. El 14 de octubre de 1816, días después de este combate a las afueras de Tarija tuvo lugar una batalla en la que el ejército realista comandado por el coronel Lavin derrotó a las tropas que habían juntado los líderes montoneros (guerrilleros) Eustaquio Méndez Arenas, Ramón Rojas y José María Avilés. Lavin capturó numerosísimos prisioneros. A muchos de ellos los fusiló en el mismo campo de batalla. A los demás, los llevó a la ciudad de Tarija. Unos cuantos pudieron reunir el dinero para pagar su rescate, pero los que no carecieron de medios, fueron masacrados en la misma ciudad. Interesante personaje, Lavin, fue carismático, resolutivo, cruel y despiadado. En 1821, cambió de bando, siendo encarcelado en Cuzco. En la cárcel promovió un motín para liberar la ciudad y murió en los combates posteriores. En ningún lugar he visto referencia a que, finalmente, se llegase a crear esta condecoración, ya fuera en forma de medalla o escudo de distinción.

[10] Prieto Barrio, Op. cit., p. 125.

[11] Prieto Barrio, Op. cit., p. citando TORATA, Conde de: Refutación que hace el mariscal de campo don Jerónimo Valdés del manifiesto que el teniente general don Joaquín de la Pezuela imprimió en 1821 a su regreso de Perú. Madrid, Imprenta de la Viuda de M. Minuesa de los Ríos, 1895. p. 173.

[12] Pedro Antonio de Olañeta Marquiegui (1770 -1825) fue un militar vasco nacido en el municipio guipuzcoano de Elgeta. De familia muy humilde, siendo adolescente, emigró con su familia a la región de Potosí, donde forjaría una fortuna con sus actividades mercantiles, llegándose a convertir en un importante terrateniente. En 1810, al materializarse las primeras revueltas independentistas, tras un titubeo inicial, formó parte del bando realista, participando como comandante de las milicias contra los independentistas argentinos en el Alto Perú. Por sus acciones en la provincia de Jujuy que culminaron con la ocupación de la capital recibió la Laureada de San Fernando. Ascendió a general de brigada y, posteriormente, a mariscal de campo. Fue un furibundo absolutista, que no reconoció la autoridad del virrey del Perú, La Serna, cuando éste fue confirmado en su cargo por el nuevo gobierno liberal en España. Los conflictos entre liberales y absolutistas en el Alto Perú se materializaron en enero de 1824, cuando Olañeta se rebeló militarmente contra La Serna. Sus tropas, para asombro de los independentistas, llegaron a combatir las unas contra las otras. Olañeta llegó incluso a pactar con el propio Bolívar, para poder conseguir el virreinato. Esta revuelta, provocará que las tropas realistas de Canterac queden aisladas en Junín, lo que aprovecharán los bolivarianos para presentar batalla y vencerlos. Absolutistas y liberales pactan una tregua y el reparto del territorio del Alto Perú, pero la derrota Ayacucho y la ocupación de La Paz por parte del ejército patriota, la suerte ya está echada para los realistas del Perú. En un intento desesperado, acaso ya inútil, de voltear la situación, el 1 de abril de 1825 Olañeta presenta batalla en Tumusla, pero sus tropas serán derrotadas y él herido de muerte, falleciendo al día siguiente. Si había alguna posibilidad de vencer a los bolivarianos, su revuelta había terminado con ella. En julio de 1825, Fernando VII, que aún no conocía la noticia de su muerte lo nombra Virrey de Perú. Un Virreinato que ya no existía para un hombre que ya estaba muerte. Tétrica metáfora.

[13] Gazeta de Madrid del 24 de agosto de 1824, página 430.

[14] García Garrido (2004): nos explica que la granada es un símbolo de los reyes de Castilla desde Enrique I. Los Reyes Católicos, si bien tienen el yugo y las flechas como símbolo personal, usan la granada como símbolo de la monarquía hispánica.

ANEXO 

El listado de las condecoraciones militares realistas identificadas por Prieto Barrio:

Virreinato del Río de la Plata:

Medalla de la defensa de Buenos Aires (1809)

Medalla de distinción de los emigrados de Salta (1813)

Virreinato de Nueva España:

Medalla a Juan Tomás Altamirano (1810)

Medalla de Aculco, Guanajuato y Puente Calderón (1811)

Medalla de Mextitlán de la Sierra (1811)

Medalla de distinción a los indios zapadores de Jalapa (1813)

Medalla de distinción por la batalla de Puruarán (1814)

Medalla de distinción de la ciénaga de Santa Marta (1815)

Medalla de distinción de la Compañía de Zapadores naturales de Jalapa (1816)

Cruz de Borgoña

Medalla de distinción por la batalla de Etzcapuzalco (1821)

Virreinato de Perú:

Medallas por la acción de Huaqui (1811)

Medalla de distinción de la acción de Potosí (1812)

Medalla de distinción de la batalla de Ayohuma (1813)

Medalla de Pilaya y Paspaya (1816)

Medalla a los vencedores de La Laguna y Villar (1816)

Escudo o medalla de distinción de Yesera (1816)

Medalla a los defensores de La Plata (1817)

Medalla de distinción del Ejército real del Perú (1818)

Medalla de distinción de la defensa de El Callao (1819)

Cruz de distinción de Perú (1822)

Cruz de distinción de Torato (1822)

Cruz de distinción de Arequipa (1823)

Cruz de distinción de la batalla de Ica (1822)

Cruz de distinción de la batalla de Moquehua (1822)

Capitanía General de Chile:

Medalla conmemorativa de la reconquista de Chile (1814)

Cruz de distinción de Talcahuano (1818)

Capitaía General de Venezuela:

Medalla del Caño del estero de Pasacaballos (1816)

Medalla de la fidelidad de las americanas (1820)

Medalla de la pacificación de las provincias de Venezuela (1818)

Cruz de distinción por la acción del puente del Mono (1822)

Virreinato de Nueva Granada:

Medalla del auxilio de Santa Marta (1816)

Cruz de Cartagena de Indias (1816)

Gobernación y Comandancia General de Santo Domingo:

Medalla de distinción de Santo Domingo (1817)

Cuba:

Medalla al mérito (1810)

Entidad Administrativa indeterminada:

Premio a la fidelidad (1812-1814)

Medalla personal de Juan Bautista Sánchez (1817)

Cruz del campo de honor (1821)

En el Grávalos-Calvo, se añaden:

Medalla de Distinción de Querétaro (1810)

Medalla de la Sedición del Perú (1811)

En la colección Condes de Cartagena:

Medalla para la Pacificación de las Provincias de Venezuela (1818)

Esta condecoración se puede ver en: http://condecoracionesdevenezuela.com/periodo-colonial/

 

Bibliografía principal:

GOMILA, Juan Alberto y LUQUI-LAGLEYZE, Julio M.: “Medallas y condecoraciones militares españolas por las guerras de América, 1800-1826”

GRÁVALOS GONZÁLEZ, Luis y CALVO PÉREZ, José Luis: Condecoraciones Militares Españolas. Editorial San Martín. Madrid, 1988.

PÉREZ-GUERRA: Órdenes y Condecoraciones de España. 1800-1975. Zaragoza, 2000.

PRIETO BARRIO, Antonio (et alt.): Emancipación Americana. Actualización de 5 de septiembre de 2019.

Bibliografía complementaria:

ALBI DE LA CUESTA, Julio: Banderas Olvidadas. Editorial Despertaferro. Madrid, 2019.

BENEDET, Verónica: “La Arquitectura Colonial De Buenos Aires”, en Bibliographica Americana. Revista Interdisciplinaria de Estudios Coloniales. Buenos Aires, 2012.

CEBALLOS-ESCALERA Y GILA, Alfonso de: “Condecoraciones y Escudos de Distinción el Ejército Real del Perú (1813-1816) en el nº 61 de la Revista de Historia Naval. Instituto de Historia y Cultura Naval de la Armada Española. Madrid, 1998.

GARCIA GARRIDO, Sebastián: “La granada, símbolo de reyes y de la monarquía española”, en Boletín de Arte nº25. Universidad de Málaga, 2004. Págs.2004) 127-148.

GARCÍA RUIZ, Luis J.: “Lealtad y privilegios. La participación de la república de indios de Xalapa en la guerra de independencia, 1810-1824”. 2016.

GAZETA DE MADRID.

MAIER, Jorge: Antigüedades. Siglos XVI-XX. Real Academia de la Historia. Madrid, 2005.

MEMORIAL DE INFANTERÍA. Revista del Arma de Infantería. Nº 77. Ministerio de Defensa. Madrid, 2018.

PORTILLO VALDÉS, José M.: “Jurisprudencia constitucional en espacios indígenas. Despliegue municipal de Cádiz en Nueva España” en Anuario de Historia del Derecho Español. Tomo LXXXI. Ministerio de Justicia. Madrid, 2011.

RODRÍGUEZ BELLES, Antonio: Medallas y Ascensos en sus documentos. 1811-1931. Tantín Ediciones. Santander, 2017.

VVAA: Historia de los Premios Militares. Tomo III. Buenos Aires.

http://www.saij.gob.ar/docs-f/biblioteca_digital/libros/edicion-oficial_historia-premios-militares_t03_1910/edicion-oficial_historia-premios-militares_t03_1910.pdf

Internet permite el acceso a obras antiguas muy difíciles de encontrar en las bibliotecas de fuera de la red. También he consultado estos libros, si bien no han aportado ninguna información relevante para este estudio, los incluyo ya que puede que lo sean para futuras investigaciones y le puedan servir al lector:

ROSA, Alejandro: Historia de los Premios Militares. Buenos Aires, 1892

ROSA, Alejandro: Monetario Americano Ilustrado. Buenos Aires, 1892.

TORIBIO MEDINA, José: Medallas Coloniales Hispano-Americanas. Santiago de Chile, 1919.

VELASCO DUEÑAS, José: Cruces y Medallas de Distinción de España. Madrid, 1843.

Francisco Javier Balmis Berenguer. Médico Militar. 1753-1819

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“Donde se ama a la medicina, también se ama a la humanidad”

(Platón)

A mis cuñadas Pilar y María y a mí sobrina Begoña, médicos y enfermera de UCI respectivamente, en primera línea contra el devastador Coronavirus, por su profesionalidad, entrega y valentía. La historia que hoy descubriremos juntos viene de muy lejos pero afortunadamente se mantiene el mismo espiritu en personas como ellas y como las del resto de héroes anónimos a los que aplaudimos cada tarde desde nuestros benefactores balcones.

El contexto en el que escribo esta crónica coincide con el confinamiento al que estamos sometidos la mayoría de nosotros. La libertad pasa por decidir cuál es el momento más adecuado para hacer según qué cosa. Cuando esta facultad desaparece de forma repentina e impuesta, todo adquiere una apariencia un tanto desdibujada. Saber enfrentar este tipo de situaciones, inspirándonos tal vez en actores de esta valía, podría ser una de las claves.

He creído que estando efectivamente en esta situación tan anómala y difícil por una epidemia, que inevitablemente nos ha devuelto a una vieja realidad que parecía ya superada hace siglos, no es mal remedio retrotraernos a otra, en concreto a la de la viruela en pleno siglo XVIII. Estoy seguro que podremos extraer grandes enseñanzas, y aunque pudiera parecer un tanto oportunista por mí parte, solo pretendo rendir un pequeño homenaje, uno más, desde estas líneas que tienen sobre todo vocación de eso.

Nuestra historia de hoy tiene un protagonista destacado y sobresaliente, el cirujano militar Javier Balmis Berenguer, pero como en toda epopeya no podemos olvidar también su carácter de hazaña colectiva.

Hay otros actores, no siempre secundarios o de reparto, que hicieron posible lo que en boca del médico descubridor de la vacuna contra la viruela (1796), el Dr. Edward Jenner, se convierte en el mejor elogio de lo que Balmis y sus compañeros de aventura fueron capaces de llevar a buen fin:

“NO IMAGINO EN LOS ANALES DE LA HISTORIA UN EJEMPLO DE FILANTROPIA MAS GRANDE QUE ESTE”.

Estaréis conmigo que viniendo del promotor de la vacuna, inglés para más señas, no es mal principio.

La biografía de Balmis como la de tantos otros personajes prácticamente olvidados o relegados a un lugar con poca visibilidad, tuvo varios antecedentes muy destacados, reveladores de una personalidad singular antes de encarar su gran aventura, la definitiva y por la que ha llegado a nosotros. Nuestro admirado cirujano militar nació en la ciudad de Alicante en 1753 en el seno de una familia con varios antecedentes médicos y que podríamos calificar de ilustrada. En 1775, interviene en el asedio de Argel, y se estrena como ayudante médico militar, encuadrado dentro de las unidades que mandó el mariscal de campo irlandés pero al servicio de España O´Reilly, en época de Carlos III.

Como joven cirujano desde un principio tuvo que foguearse en las durísimas intervenciones y tratamiento de las terribles heridas producidas en el campo de batalla. Cabría recordar que dentro del Ejercito en aquella época los médicos tenían una menor preponderancia que los cirujanos, al ser los primeros perfiles más de consulta y laboratorio y estar los segundos siempre actuando como parte de los Regimientos, en primera línea. Mas tarde, después de haber ingresado en el Cuerpo de Sanidad Militar que se había creado hacia muy poco y ya con el empleo de oficial, participa también en el asedio que en 1779 se promueve contra la guarnición inglesa de Gibraltar.

Nos ha llamado mucho la atención su participación también en la famosa y crucial batalla de Pensacola (Florida) en 1781 a las órdenes del gran Bernardo de Gálvez, del que ya hablamos profusamente en su momento. Dios los cría y ellos se juntan que diría el castizo.

Permanece en América cinco años conociendo por primera vez Nueva España, el actual México. Después de ser director durante unos años de un Hospital Militar especializado en las muy frecuentes enfermedades venéreas, en 1803 está ya por méritos propios en el circulo médico de confianza del Rey Carlos IV.  

No suelo dar mi opinión sobre los personajes que complementan a nuestros verdaderos protagonistas. Pero con Carlos IV me veo en la obligación de hacerlo, e inseparablemente con él a su nefasto hijo Fernando VII. La felonía que ambos protagonizaron ante Bonaparte en 1808 se inscribe por méritos propios como uno de los momentos mas oscuros de toda nuestra historia. Del mismo modo, y lo cortés no quita lo valiente, con su apoyo a esta expedición sí actuó con verdadero acierto. El ser humano es capaz de hacer convivir en su biografía lo mejor con sus verdaderas antípodas.

En aquel momento existe en Europa una creciente preocupación y sensibilidad con la epidemia de viruela. La vacuna había llegado a España en 1800 y Balmis traduce del francés el tratado del también médico Jacques Moreau de la Sarthe, en el que se detallaba todo lo relativo a la enfermedad y la vacuna. Cabe recordar que hasta el propio Rey había perdió a una de sus hijas por esta enfermedad, en concreto a la Infanta María Teresa de Borbón.

El brillante hallazgo del Dr. Jenner surgió al observar que las personas que ordeñaban a las vacas estaban inmunizadas ante la viruela al contraer en muchos casos previamente la variante de la enfermedad, que en estos animales, tenía un carácter mucho menos letal. A partir del suero de las propias vacas formula la vacuna, que desde un principio dio unos resultados sorprendentes. Desde entonces etimológicamente se llama así al remedio, -la vacuna-, en homenaje a estos providenciales animales.

En aquellos años, y este factor además de explicar muchas cosas pone de nuevo en relación el suceso que nos ocupa con el actual Coronavirus, el nivel y prestigio de los médicos españoles en general, y de los militares en particular, se encuentra entre los mejores de Europa. En este escenario Balmis, y el brillante cirujano catalán Josep Salvany, también dentro del cuadro médico de Palacio, le trasladan al Rey la necesidad de organizar una expedición asistencial para poder vacunar a los pobladores de toda la América Hispana y del Oriente Español, Filipinas.

Hablamos en consecuencia de la primera expedición asistencial de carácter global de la historia como años después también destacaría, lleno de admiración, el célebre y brillante pensador alemán Von Humboldt. El Rey decide finalmente sufragar con fondos públicos la “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna” (1803-1806). Sabedor que amén de la obligación moral como Metrópoli la acción tendría una indudable buena prensa, consiguiéndose también beneficios de carácter político y de cohesión de estos remotos territorios.

Llegados a este punto me parece inaplazable no subrayar el papel jugado por Salvany y por otro personaje capital, Isabel Zendal. El primero como ya hemos adelantado, cirujano militar de mucha experiencia, fue impuesto por el propio Carlos IV ya que gozaba de un gran prestigio y predicamento en la Corte. Murió combatiendo la pandemia, vacunando en definitiva. Aquejado antes de partir de un principio de Tifus, pensó que el clima meridional de las colonias le ayudaría a superarlo. La realidad no fue esa desafortunadamente.

Isabel Zendal, según la OMS, fue la primera enfermera en una misión internacional. De origen muy humilde, esta valerosa gallega fue capaz con mucho esfuerzo de llegar a ser la directora del Hospicio de La Coruña. Su papel como tutora y responsable directa de los 22 niños, expósitos y portadores del remedio, fue determinante.

Efectivamente la genial idea, que también fue de Balmis, consistía en que estos niños serían los portadores, los custodios en palabras de la brillante historiadora Almudena de Arteaga, que llevarían en su cuerpo la enfermedad y el remedio. La mecánica consistió en que se fueron contagiando unos a otros a través del contacto de las pústulas características de la enfermedad.

En 1803 la expedición zarpa desde el puerto de La Coruña en la corbeta de 30 metros de eslora llamada “María Pita”, con toda su tripulación a bordo, Balmis, Salvany, Isabel Zendal y estos 22 valerosos niños. El barco, casi un hospital flotante, lleva todo tipo de instrumental quirúrgico y de laboratorio y dos mil ejemplares traducidos del libro de Jacques Moreau para poder servir de guía tanto en la propia vacunación como en la posterior difusión y mantenimiento del remedio. En cualquier caso la travesía fue larga y durísima, sobre todo para los niños.

El viaje en su conjunto duró tres años como decíamos y siguió a grandes rasgos el siguiente itinerario:

CANARIAS, PUERTO RICO, CUBA, VENEZUELA, COLOMBIA, ECUADOR, PERÚ, MÉXICO, FILIPINAS, e incluso CHINA (en concreto la colonia portuguesa de Macao) y alguna colonia europea del caribe como ST. THOMAS y otras.

Al resto de las provincias americanas también llegó la vacuna mediante expediciones derivadas de la principal. Una verdadera ofensiva militar, con un componente logístico y organizativo realmente descomunal que fue penetrando progresivamente en todo el territorio americano cumpliendo su objetivo curativo y de futura prevención.

Hay alguna anécdota francamente curiosa, en realidad debió haber miles en un asunto de esta complejidad, pero destacaremos una en concreto que ha llamado mucho mí atención, sin restarle yo creo ni un ápice de mérito a la expedición. Al recalar en La Habana comprueban con gran sorpresa que ya conocen la vacuna, había llegado por otras vías paralelas previamente, de la mano del también brillante médico Tomás Romay y Chacón (1764-1849), celebre higienista de la época y miembro destacado de la Real Academia de Medicina de Madrid aunque nacido en Cuba.

No podemos olvidar la preponderancia, riqueza y capacidades de algunos de aquellos territorios, lo cual en muchos casos les permitía una autonomía funcional en relación a las decisiones que se tomaban, con mayor o menor acierto, en la lejana Metrópoli.

La dificultad intrínseca de la tarea, la dimensión del territorio sobre el que interactuar, las penalidades de todo tipo con las que tuvieron que enfrentarse, la salvaje orografía de América y Filipinas, no fueron capaces de impedir que se cumplieran con gran brillantez todos los objetivos que se habían marcado antes de iniciar esta aventura realmente increíble, y que aun hoy, nos desborda y sobrecoge. El viaje también sirvió, inspirándose en la también importantísima expedición científica y política de Malaspina & Bustamante, unos años antes (1789-1794), para recopilar todo tipo de información y datos de interés, muestras botánicas de todos los territorios, información topográfica, fauna, etc. Destaca como parte del importantísimo y singular legado que se conserva en el Real Jardín Botánico de Madrid, una importante colección de grabados sobre plantas exóticas que trajo de China.

En cualquier caso, el verdadero éxito de la expedición fue la vacunación masiva de miles de individuos y la difusión por todo un continente de este maravilloso descubrimiento. Pioneros en definitiva llenos de pasión y enamorados de lo que hacían. Su inspiración de ayuda al necesitado, al olvidado con frecuencia, habla en voz alta de sus verdaderos protagonistas. Dos médicos, una enfermera y 22 ángeles efectivamente. ¿Os suena de algo, no lo vemos a diario en los centros de salud y en los hospitales de nuestras ciudades y pueblos?.

El Ejército Español, que sí suele conservar el recuerdo y salvaguarda su ingente bagaje histórico con mucho esmero, ha bautizado su meritoria contribución en la lucha contra el Coronavirus como “Operación Balmis”. Ahora ya sabemos la razón.

 

PARA SABER MAS:

  • ALMUDENA DE ARTEGA, “Ángeles Custodios” (2012)

Editorial Penguin Random House

  • JAVIER MORO, “A flor de piel” (2015)

Editorial Planeta

 

 

 

 

 

 

El espía inglés que cazaba hombres en Barcelona

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Cuando hablamos del espionaje durante la Primera Guerra Mundial, lo primero que se nos viene a la cabeza es un señor vestido con un impoluto traje blanco y gafas oscuras, tomando un té en el Ritz mientras lee un periódico al que convenientemente ha agujereado la parte central con dos orificios para poder observar todo lo que ocurre a su alrededor. Si este tipo de espía existió, fue sólo una parte del oficio, ya que otra importante actividad de espionaje de los centros de inteligencia se ocupaba en realidad a un asunto muy diferente: cazar hombres, cazar desertores. Esta es la historia de uno de estos agentes de inteligencia. Esta es la historia de George B. Mitchell.

Está demostrado que los jóvenes europeos abrazaron la guerra con extraordinarias muestras de patriotismo y entusiasmo. A excepción de Rusia, donde el zarismo empezaba a dar muestras de sus últimos estertores, en ningún país del Viejo Continente se observaron movimientos contrarios a la guerra. Y cuando los jóvenes fueron llamados a filas, éstos se presentaron en masa. Así, por ejemplo, en Francia tan solo dejaron de presentarse un 1,22% de los reclutados y en la inmensa mayoría de los casos fue debido al hecho de que vivían en el extranjero o que no llegaron puntuales a sus centros de reclutamiento. Si bien es cierto es que, en el caso de las zonas rurales, este entusiasmo no era tan acentuado, ya que no solo se llevaron al frente a sus jóvenes, sino que se les requisaban sus caballos, es decir, que de una tacada se quedaban sin su fuerza de trabajo, comprometiendo el futuro de comunidades enteras. Es significativo el dato que el 40% de los voluntarios de la primera oleada procedía de las grandes ciudades británicas, contra un 22% de las zonas rurales, donde también es notorio destacar una menor influencia de la prensa patriotera que inundaba poblaciones como Londres, Manchester o Glasgow.

El célebre póster diseñado por Alfred Teele fue tan popular y exitoso que otros países lo adaptaron para sus propios intereses.

Sin embargo, durante el conflicto el punto de vista de muchos soldados cambió radicalmente. Ya no era una guerra corta como pregonaban políticos y diarios al principio de la contienda. La mortalidad era descomunal y las tácticas, repetidas una y otra vez, no eran más que un suicidio colectivo sin sentido. No solo estaba industrializada la guerra: se industrializó la muerte. Escapar de las trincheras se convirtió en una obsesión para muchos uniformados. Muchos lo intentaron por las buenas, pidiendo ser transferidos a unidades donde la ratio de muertes era mucho menor que en la infantería; por ejemplo, a principios de 1918 hubo una avalancha de peticiones para ser transferidos a la marina; o para desarrollar tras las líneas del frente los trabajos que habían ejercido antes de la guerra, como carteros, traductores o cartógrafos.

Pero si ello no funcionaba, iban a por las malas, autolesionándose, o buscando contraer una enfermedad venérea. Y en los casos extremos, la deserción. En los ejércitos, la deserción abarcó un gran número de acciones. La más habitual de todas ellas en lenguaje militar se conoce como AWOL (una ausencia injustificada en un destino concreto), que la mayoría de las ocasiones consistía en alargar más de lo justificado un permiso. Y es que las ciudades francesas de la retaguardia ofrecían a los soldados británicos demasiados motivos para no querer regresar a las mortales trincheras. El castigo solía ser desde penalizaciones sobre el consumo de tabaco o alcohol, detenciones, trabajo extra, misiones especialmente complicadas, degradación, hasta castigos físicos, como el temido “Field Punishment nº1”, consistente en atar durante horas o días al desertor en una rueda o un poste. Pero las deserciones más graves, en las que no había una vuelta atrás, era cuando se huía del frente con la firme determinación de no regresar más, ya fuera huyendo por la retaguardia o pasándose al enemigo. Tanto por sospecha de autolesiones, como para los diferentes grados de deserción o acusaciones de cobardía ante el enemigo, los tribunales militares del Reino Unido, de un total de 24.238 juicios (1), se llegaron a dictar 3.478 penas de muerte por estos motivos, aunque por diferentes motivos “sólo” se llegaron a ejecutar 346 (2). Cabe tener en cuenta que muchos juicios se hubieron de celebrar con el reo “in absentia”. Otra manera de ir “a las malas” serían los motines, pero por problemas de espacio, solo detallamos las actitudes individuales, no las colectivas (3).

Fusilamiento del soldado Jimmy Smith fue un escándalo. Había sido herido en combate y había recibido diversas menciones al valor. De nada sirvieron cuando sus superiores le acusaron de cobardía.

¿Qué sucedía con los desertores a quienes no se había detenido? Se les perseguía. Su crimen, no iba a quedar impune. Por ello, en la retaguardia, la policía francesa y la policía militar realizaban controles e identificaban a todos los sospechosos de no estar cumpliendo con el macabro deber de ir a morir en las trincheras. Pero para casos concretos, los más peligrosos, el gobierno británico creó una oficina específica para localizarlos y detenerlos: el MI.1c. Y aquí es donde entra nuestro hombre: George Balderson Mitchell.

Nació en 1893 en Wilford, una bucólica localidad al su de Nottingham, en los Midlands ingleses. Uno de los documentos que incluía el lote era un curioso pasaporte para viajar por Europa en 1913, algo nada habitual para alguien que en la cartilla militar afirmaba ser un mero tendero antes de la guerra.

Pasaporte expedido a G. B. Mitchell en 1913.

Al inicio de la Primera Guerra Mundial, es reclutado como cabo y destinado al 8ª Batallón del Regimiento de Leicestershire. Su batallón, llegó a Francia el 30 de julio de 1915 y fue encuadrado en la 37º División de la 11º Brigada del 4º Ejército. Su base estaba en la ciudad de Tilques, una localidad a unos 35 kilómetros de Calais. A finales de junio de 1916, es promocionado al grado de sargento y destinado al Servicio de Inteligencia del 4º Ejército. Recibe dos pases especiales para poderse mover con total libertad por la región de la ciudad de Amiens.

Pase especial expedido por el ejército británico a nombre de G. B. Mitchell.

Pase especial expedido por las autoridades francesas a nombre de G. B. Mitchell.

Cabe suponer que en esta época ya se dedica a buscar a desertores tras las líneas aliadas. Debemos pensar que llega a esa ciudad y en ese momento justo a unos días de iniciarse la Batalla del Somme, cuyo primer día, el 1 de julio, fue el día en el que han muerto más británicos en toda la historia. Es de suponer que el Alto Mando británico, ante la matanza que se avecinaba quisiera tener a agentes del servicio secreto tras sus líneas para “cazar” a todos los posibles desertores que no quisieran participar en aquella “fiesta” de barro, sangre y muerte. Poco después es promocionado a Sargento Mayor y transferido a los Royal Fusiliers.

En cuanto a Mitchell, por sus actividades durante la guerra consiguió cuatro condecoraciones, de las cuales dos de ellas se incluían en el lote: la 1914-15 Star, la British War Medal, la Victory Medal y la Croix de Guerre francesa, poco habitual entre contendientes que no eran galos. Estaban incluidas en el lote:

La Brisitsh War Medal

Aprobada en julio de 1919 para las tropas británicas e imperiales que habían servido durante la Primera Guerra Mundial, otorgándose un total de 5.670.170 unidades.

La Victory Medal

A propuesta del mariscal Foch, los ejércitos aliados diseñaron una medalla conjunta para conmemorar su victoria sobre las potencias centrales. Su diseño fue idéntico en todos los países, excepto en los casos de Japón y Siam, que optaron por simbologías más propias de sus culturas. En el caso de los británicos (que acuñaron 5.725.000 unidades), siempre debía ir acompañada de la British War Medal.

Los otros países que la acuñaron fueron (entre paréntesis, el número de unidades acuñadas): Bélgica (300.000-350.000), Brasil (2.500), Cuba (6.000-7.000), Francia (2.000.000), Grecia (200.000), Italia (2.000.000), Japón (700.000), Portugal (100.000), Rumania (300.000), Siam (1.500), Sudáfrica (75.000) y USA (2.500.000).

Parece ser que a Mitchell se le da bien lo da detener a desertores, puesto que una vez terminada la guerra, es captado por el SIS (el Servicio Secreto Británico), para localizar y detener a desertores a España.

El SIS, bajo el mando del implacable Sir Mansfield George Smith-Cumming, al iniciarse la guerra, se reestructuró en diversas divisiones, siendo la sección de espías la oficina conocida como MI1.c. Durante la guerra, en España, esta oficina mantuvo sedes fijas en cinco ciudades: Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao y Vigo, si bien no es difícil suponer que sus redes abarcaban otras muchas poblaciones. Una vez terminada la guerra, tan solo se mantuvieron las sedes de Madrid y Barcelona. Y en 1922, tan solo seguía operativa la sede de Barcelona.

Otro de los documentos del lote, es una petición del MI1.c datado en marzo de 1919 para que se agilizaran los trámites para que Mitchell consiguiera su pasaporte para viajar hasta España, donde creen que sus “habilidades serán de mucha utilidad”.

Documento expedido por la Oficina de Guerra para apremiar a la entrega del pasaporte para G. B. Mitchell.  

El último documento es su ficha del Registro de Extranjeros que lo sitúa en Barcelona en 1921. Vivirá en un piso en la Rambla de Catalunya, 113, propiedad del consulado del Reino Unido, y proseguirá su misión de búsqueda y captura de desertores. Como vemos, el ejército británico no se olvida de sus traidores.

Ficha de G. B. Mitchell del Registro de Extranjeros de Barcelona.

De momento, es imposible determinar cuánto tiempo estuvo Mitchell en Barcelona o detallar las actividades que llevó a cabo. Habría que investigar en archivos británicos. Para obtener más información sobre Mitchell en Barcelona se debería ojear archivo del Registro de Extranjeros, que está en el Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares, y que, al no estar digitalizado, tendría que personarme, lo que va a ser harto complicado. Deberes pendientes. Otro asunto oscuro, es el destino de los desertores tras la guerra. Es evidente que no pudieron volver sus países de origen. Es de suponer que bien se quedaron en países neutrales o bien los usaron como trampolín para exiliarse a otros confines. Queda abierta otra línea de investigación.

 

Notas:

(1) Es significativo observar el aumento de juicios a medida que transcurre la guerra: en 1914, 627; en 1915, 3.357; en 1916, 5.621 (un factor importante que impulsó esta cifra fue la Batalla del Somme, el primer día de la cual, el 1 de julio de 1916, es el día en el que han muerto más británicos en la historia); en 1917, 6.055; y en 1918, 8.578.

(2) En comparación, los belgas ejecutaron 18 soldados; 35, los estadounidenses; 48 los alemanes; 670, los franceses; y 750, los italianos (siendo numerosas las ejecuciones sin juicio previo, como ejemplo para la tropa).

(3) En diversos momentos de la guerra y entre todos los ejércitos, hubo motines. Algunos tan famosos como el de los franceses de mayo a junio de 1917. Los militares británicos supieron manejar la situación y apenas se conocen más que contaos de motines, siendo el más célebre de ellos el que tuvo lugar en el campo de adiestramiento de Étaples en septiembre de 1917, cuando los soldados se negaron a ir al frente. El motín fue rápidamente sofocado y su líder, el cabo Short fue sentenciado a muerte y ejecutado. Otros tres soldados fueron sentenciados a 10 años de prisión, mientras que otros muchos recibieron penas de cárcel más bajas u otro tipo de sanciones.

Fuentes:

https://encyclopedia.1914-1918-online.net/article/between_acceptance_and_refusal_-_soldiers_attitudes_towards_war

https://www.warhistoryonline.com/war-articles/wwi-the-tragic-moment-a-man-was-ordered-to-kill-his-best-friend.html

Tribulaciones de un italiano en la Guerra Civil Española (2ª parte)

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Y qué fue de nuestro héroe, Antonio Bonanni, al que dejamos al inicio de la batalla. ¿qué más sabemos de él?

Retrato de la familia Bonanni. Antonio es el niño. Fuente:

El parte de guerra que lo cita nos permite situarlo en Aquila, la capital de la región de los Abruzzos. Proveniente de una familia pequeñoburguesa, era hijo de Giovanni, comerciante de carbón, y Amelia, maestra de primaria. Tuvieron cuatro hijos, por orden de edad: Laudomia, Antonio, Maria Luisa y Vittorio. Los dos chicos serán militares de profesión, aunque la estrella de la familia es Laudomia (14), que se convertirá en una famosa escritora. Tras la Guerra Civil, no se desligó del ejército y participó activamente en la Segunda Guerra Mundial. El teniente Bonanni formó parte del célebre 10º Ejército Italiano. Concretamente, estuvo destinado en la Brigada Babini (el mismo que había comandado en España las “Frecce Nere” durante la Ofensiva a Catralunya). A Bonanni se le designó encuadrarse en el 2ª Batallón M11/39 (al mando del comandante Eugenio Campanile) del 2º Reaggrupamento Carristi (al mando del coronel Antonio Trivioli).

La misión del 10ª Ejército era la de conquistar el Egipto británico, desde la Libia italiana. Para ello, Mussolini dio a Graziani, general en jefe de los italianos en África, (15) los mejores medios a su disposición, entre los que destacaban 150.000 hombres y cerca de 800 carros de combate. Al frente de estas fuerzas situaron al general Mario Berti (16), un militar de acreditadísima solvencia, pero que se llevaba terriblemente mal con Graziani, quien contradecía sus órdenes sistemáticamente.

Italianos conquistando el norte de África: ¿qué podría salir mal?

La unidad de Bonanni tuvo su bautismo de fuego el 5 de agosto de 1940 en Sidi El Azeiz. Pero pronto, salieron a relucir las limitaciones de las unidades blindadas italianas: mandos poco entrenados en ofensivas a campo abierto ante un ejército como el británico, inferioridad manifiesta de los tanques M11/39 ante los Matilda ingleses, inutilidad absoluta de los L3 ligeros, carencia de suboficiales… Por ejemplo, de los 37 M11/39 del batallón de Bonanni, solo tres contaban con radio, el resto de tanques se tenían que comunicar entre ellos con un obsoleto sistema de banderas. Estos tanques tampoco contaban con filtros de arena… La ofensiva italiana se detiene en el momento en el que los británicos logran coordinar una defensa mínimamente seria. Poco después, éstos lanzarán su contraofensiva, la Operación Compass, que arrasará las tropas italianas.

El 9 de diciembre, mientras el general Berti se encontraba de permiso en Italia, tiene lugar la Batalla de Nibeiwa, en la que las tropas británicas atacan diversos campamentos italianos, destrozando sus endebles defensas. Graziani empieza a emitir órdenes contradictorias y el desorden y el caos se apoderan de las líneas italianas. De hecho, en el fragor de la batalla el propio Bonanni es citado en uno de los libros sobre la batalla (17), ya que, pistola en mano, tuvo que salir de la torreta de su M11/39 para recibir las órdenes, al ser el sistema de banderas totalmente inoperativo ante el empuje británico. Aquel día terminó en desastre. Caen en combate el comandante Campanile y el general Maletti, entre otros muchos italianos. Además, de perder una ingente cantidad de material. Pero la contraofensiva británica no cesa e irán empujando a los italianos hacia el oeste hasta llegar el 5 de febrero Beda Fomm, cuando los italianos quedarán atrapados entre los británicos y el mar. Tratando de abrir una vía de escape para sus hombres, el general en jefe del 10ª Ejército Giuseppe Tellera, en el interior de un tanque, muere en combate. La misma suerte correrá el coronel Trivioli. La unidad de de Bonanni ha dejado de existir. Sus 37 tanques han sido destruidos. Aquel día, la escabechina será de las que hacen historia. En aquella aciaga jornada, quedarán aniquilados los ruinosos restos del 10º Ejército. Desde el inicio de la Operación Compass, los británicos han conseguido más de 130.000 prisioneros, entre los que destacan los generales Gallina, Cona, Bignani, Negroni, Bardini, Giuliano, el mítico Annibale «Barba Eléctrica» Bergonzoli y hasta el jefe de las unidades acorazadas, “nuestro” Babini, a quien habíamos tenido en España, y jefe de las unidades acorazadas en África. Probablemente ese fue el destino de Antonio Bonanni, de quien no se sabe nada más a lo largo de la Segunda Guerra Mundial (18).

El general Rodolfo Graziani metido en faena.

No volvemos a retomar la pista de Bonanni hasta 1961, año en el que publica el libro “Carristi e Bersaglieri” (19), y en el que vemos que ya ostenta el rango de teniente coronel. Y, finalmente, en 1971, publica I disertori. Vita e morte dei Fratelli Bandiera (20). Desconozco más datos de Bonanni.

Llegados a este punto, y dado que el leit motif del blog es hablar de medallas militares, llega el momento de comentar la historia de Al Valore Militare.

El antecedente de esta condecoración se encima son las Medallas al Valor en Oro y Plata que instituyó Amadeo III de Saboya en 1793, pero que su sucesor, Vittorio Emanuele I suprimirá en 1815 a favor de la Orden Militar de Saboya. Pero la obtención de esa orden era tan estricta, que en 1833, el rey Alberto Carlos restituye las medallas Al Valor en las categorías oro y plata, manteniendo la Orden Militar de Saboya como la más alta distinción al valor. En 1848, se añade una categoría de “Mención de Honor”, pero sin recompensa en medalla. En 1887, Umberto I sustituye esta mención por la medalla de bronce. En 1915, se limita a tres condecoraciones de oro y plata, a partir de la cuarta, se ascendía en escala. En cualquier caso, solo siete militares obtuvieron más de una medalla de oro. El militar que la obtuvo en más ocasiones fue el heroico piloto Antonio Locatelli (21). En 1925, se deroga la orden anterior y se añade una nueva categoría, la Cruz al Valor Militar, que jerárquicamente se situaría debajo de la medalla de bronce y que, a diferencia de las otras, solo se puede otorgar en tiempos de guerra. Tras las Segunda Guerra Mundial, se revocaron las medallas Al Valore Militare otorgadas durante la Guerra Civil Española (¡entre las que se encontraría la de Bonanni!) y las otorgadas durante la República Social italiana (22). Para terminar, tres fueron los militares españoles a quienes se les otorgó la medalla Al Valore Militare en oro: el cabo tanquista Severino Vazquez Blanco, muerto durante la Batalla del Ebro; el piloto Carlos de Haya González de Ubieta, muerto durante la Batalla de Teruel; y el piloto Joaquín García-Morato y Castaño, el mejor piloto de combate en la historia de España.

Ejemplar de la medalla Al Valore Militare categoría oro con una magnífica pátina.

 

Notas:

(14) Laudomia Bonanni (1907-2002), en 1924 obtuvo el título de maestra de escuela y empezó a ejercer como tal en diferentes pueblos de los Abruzzos. Conmovida por la pobreza que se encontró en ellos, en 1927 publica su primera novela Storie tragiche della montagna, con la que consigue una gran notoriedad. Desde entonces, escribe ficción y artículos de opinión en diversos medios regionales, sin dejar las novelas. Pero en 1948, le llega la fama a nivel nacional al ganar un importante premio literario por Le due penne del pappagallo Verzè. Hasta 1966, escribe seis novelas que la encumbran como a una de las mejores escritoras de su generación. Ese año decide irse a Roma. Pero se encuentra con que los círculos literarios no le abren sus puertas y, sola e incomprendida, cae en una profunda depresión. Dejará de escribir hasta 1974, pero sus novelas ya han dejado de tener éxito. Nadie la recuerda. El momento más bajo de su carrera tiene lugar cuando en 1985 quiere publicar La rappresaglia, una historia sobre los partisanos de los Abruzzos con los que ella había simpatizado, pero su editor le exige realizar algunos cambios en la novela. Ella se niega y deja la vida pública. Fallece a los 95 años, sola y prácticamente olvidada. Paradójicamente, La rappresaglia se publicó póstumamente y fue un gran éxito.

(15) Rodolfo Graziani (1882- 1955). Militar italiano, entró en el ejército en 1903. En 1912, participó en la Guerra Italo-turca, que lo convirtió en el coronel más joven del ejército italiano. Una vez conquistada Libia, fue el encargado de su “pacificación”, que incluyó la creación de campos de concentración y una durísima represión contra la población local. Al estallar la Guerra de Etiopía, se le encarga el mando del Frente Sur y, posteriormente, Virrey de Etiopía. Por su paso por el cuerno de África, se le conocerá como “El Carnicero de Etiopía”, donde empleará los mismos métodos que en Libia, incluyendo bombardeos de en hospitales y masacres en monasterios coptos. Ciego seguidor de Mussolini, fue uno de los pocos militares que apoyaron sus leyes raciales. En 1939, fue nombrado Jefe del Estado Mayor. En junio de 1940, pasó a ser el gobernador de la Libia italiana. Sus decisiones, contribuyeron en gran medida a la aniquilación del 10º Ejército. En febrero de 1941, es destituido. En 1943, cuando Mussolini es encarcelado por los italianos y liberado por los alemanes y establece la República Social Italiana en el norte del país, Graziani corre a su lado y es nombrado Ministro de Defensa y es encargado de luchar contra los partisanos italianos. Cuando se acerca el final de la guerra, no se quiere rendir a éstos y huye hacia la zona donde se encuentran los estadounidenses, a quien se entrega. Es condenado a 20 años de prisión por crímenes de guerra, pero en 1950 es liberado. Etiopía pidió su extradición en numerosas ocasiones, pero sus peticiones nunca fueron escuchadas. Graziani siguió militando en diferentes organizaciones fascistas hasta su muerte, en 1955.

(16) Mario Berti (1881 – 1964) fue un militar italiano que participó en las dos guerras mundiales y en la Guerra Civil Española. Una de las pocas personas que puede decir que Winston Churchill en persona lo condecoró durante la Primera Guerra Mundial y Adolf Hitler lo condecoró en persona durante la Segunda. Ocupó puestos de la más alta responsabilidad, como ser el comandante en jefe de la CVT durante la Ofensiva de Aragón o Jefe del Estado Mayor italiano. Pero es destituido por su mala relación con Musolini. No la es mejor con Graziani, su jefe directo en Libia, cuando Berti es nombrado comandante en jefe del 10º Ejército. Destituido en el transcurso de la Operación Compass, dejó de tener mandos de relevancia hasta el fin de la guerra. Tras la firma del armisticio en 1943, abandonó el ejército.

(17) CEVA, Lucio & CURAMI, Andrea: La Meccanizzazione Dell’esercito Fino Al 1943. Tomo 1, parte 2. Editorial Ufficio Storico dello SME. Roma, 1996. Página 316.

(18) La información sobre el 10ª Ejército, a parte de de la obra antreriormente citada, he obtenido la información de las siguientes webs:

http://www.militarystory.org/la-guerra-dei-carri-armati-italiani-nelloperazione-compass/

http://spazioinwind.libero.it/cico85/carristi.html

(19) BONANNI CAIONE, Antonio: Carristi e Bersaglieri. Ed. Roma Tipografia Regionale – 1961

(20) BONANNI CAIONE, Antonio: I disertori. Vita e morte dei Fratelli Bandiera. Editorial Club degli Autori. Roma, 1970.

(21) Antonio Locatelli (1895 – 1936), fue un pionero de la aviación italiana y político fascista. Al estallar la Primera Guerra Mundial, se alistó en la aviación, llegando a realizar 532 misiones aéreas. Su valentía y pericia le convirtieron en uno de los pilotos estrella del Escuadrón 87, conocido como “La Serenísima”, que comandaba el mismísimo Gabrielle d’Annunzio. Fue protagonista de una de las misiones más audaces de la Gran Guerra cuando voló hasta Viena y la “bombardeó” de panfletos propagandísticos. Debe aterrizar poco después en territorio austríaco y pasa encarcelado el resto de la guerra. Tras ésta, fue diputado por el partido fascista. Intentó, sin éxito, dar la vuelta al mundo en avión. Despegó de Pisa, pero tuvo que aterrizar con una avería en Groenlandia, donde fue rescatado. Al estallar la Guerra de Etiopía, se presenta voluntario. En junio de 1936, participa en una operación secreta de inteligencia encabezada por el general Magliocco, en la que pretenden que un líder etíope se pase al bando italiano, cuando en lo profundo de la noche, caen en una emboscada en la que fallecen doce de los quince componentes de la expedición, incluyendo Magliocco y Locatelli. Por esta acción se le concedió la tercera medalla Al Valore Militare de oro. También ostentaba la Orden Militar de Saboya, entre numerosas condecoraciones.

(22) Aquí se puede leer el decreto de revocación: https://www.gazzettaufficiale.it/atto/serie_generale/caricaDettaglioAtto/originario?atto.dataPubblicazioneGazzetta=1945-09-18&atto.codiceRedazionale=045U0535&elenco30giorni=false

Para más información sobre esta condecoración:

http://www.carabinieri.it/arma/curiosita/non-tutti-sanno-che/m/medaglia-d%27oro-d%27argento-e-di-bronzo-al-valore-militare

 

 

 

 

 

 

Tribulaciones de un italiano en la Guerra Civil Española (1ª parte)

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14 de enero de 1939. En las inmediaciones del pueblo tarraconense de Santa Coloma de Queralt, un tanquista italiano observa desde su CV33 el movimiento de tropas republicanas. Se trata del teniente Antonio Bonanni y aún no lo sabe, pero ese día por su valerosa lucha, se va a ganar la principal medalla al valor italiana: Al Valore Militare.

Desde que a finales de diciembre de 1938 se inició la Ofensiva de Catalunya, a los italianos del Corpo di Truppe Volontarie (CTV) les ha tocado bailar con la más fea. Nada menos que con la 11ª División, conocida como la División Líster, al estar mandada por uno de los más enérgicos generales de la República (1). Y eso que todo el mundo daba por sentado el hundimiento del ejército republicano en Catalunya después de la batalla del Ebro, compuesto de veteranos exhaustos o imberbes bisoños, muchos de ellos menores de edad. Seguro que Mussolini se las prometía felices y se veía entrando triunfante en Barcelona en una semana, pero nada más lejos de la realidad.

El Ejército de Navarra, en el que estaba encuadrado el CTV, había roto el frente del río Segre con facilidad. Pero a la altura de Castelladans, Líster los detuvo durante quince días. Y hasta el día 5 de enero no pudieron entrar en Les Borges Blanques, un nudo de comunicación de vital importancia. De allí, el siguiente destino era la ciudad de Igualada. Pero por el camino tenían que cruzar Santa Coloma de Queralt.

Éste era un pueblo de unos 3.700 habitantes. Durante la República, se le había cambiado el nombre a Segarra de Gaià. Su época de esplendor había tenido lugar durante la Edad Media, cuando la población era famosa por sus cultivos de azafrán. Pero éstos se habían abandonado y, con ellos, la notoriedad de la población. Durante la Guerra Civil llegó a acoger un gran número de refugiados de otras zonas de España. Ahora, además, había llegado la División de Líster.

Fotografía de la principal puerta de entrada de la parte medieval de Santa Coloma. Fuente: web Ayuntamiento de Santa Coloma de Queralt.

Aquel 14 de enero, por la mañana, llegó una escuadra compuesta por cinco Savoia Marchetti SM.79 procedentes de una base aérea de Zaragoza y bombardean Santa Coloma y sus alrededores. Por la tarde, una columna de tanques de la División Littorio, entre los que probablemente estaba Antonio Bonanni, entró en el Santa Coloma de Queralt. Se cuenta que en ese momento, Enrique Líster se estaba afeitando en una barbería y que tuvo que salir a toda prisa, a tiros, junto con el Comisario Político de su División, el gallego Santiago Álvarez (2) salvándose milagrosamente de haber caído prisionero.

En la página 6.817 del Bollettino ufficiale delle nomine, promozioni e destinazioni negli ufficiali, leemos (3):

BONANNI Caione Antonio di Giovanni e di Perilli Amelia, da Aquila, tenente raggruppo mento carristi. – Comandante di compagnia carri di assalto, in un’operazione di inse guimento, si distingueva per energia, perizia e ardimento, contribuendo efficacemente alla conquista di un’importante località e alla cattura di prigioneri e materiale. – S. Coloma de Queralt (Spagna), 14 gennaio 1939-XVII. –

Pero a partir de ahí, los de la 11ª División, consiguieron vertebrar una defensa que detuvo el avance italiano, que empezó a sumar bajas de un modo alarmante. Los ataques y contrataques fueron constantes. El cementerio del pueblo, cambió de manos un par de veces. Un claro ejemplo de esta resistencia republicana lo encarnó el cabo Celestino García Moreno (4), que saltó de su trinchera granadas en mano y él solo detuvo a una columna de tanques CV33, destrozando tres y provocando la retirada de otros 12, además de regresar a las líneas republicanas con seis prisioneros.

Pero el día 19 de enero, la fuerza de la lógica se impone en el campo de batalla y las tropas republicanas, superadas en número, muy mal alimentadas y peor pertrechadas, se ven obligadas a retirarse en dirección norte (hacia Igualada).

La batalla ha sido encarnizada, como lo demostrarán el elevado número de condecoraciones Al Valore Militare que van a recibir las tropas italianas, a saber:

  • Medalla de Oro para el teniente de las Frecce Azurre, Guido Matthey, a título póstumo.
  • Medalla de Plata para el teniente del Reaggruppamento Carristi Edio Castellano, categoría plata.
  • Medalla de Bronce para, además de Antonio Bonanni, para el sargento Walter Bassi, el teniente Antonio Carcasole, el sargento Nicola Marino y el sargento mayor Giovanni Mazzeo, todos ellos del Reaggruppamento Carristi.
  • Cruz de Guerra al Valor Militar para el ingeniero de telegrafistas Sante Biancaforte, y los miembros del Reaggruppamento Carristi: el soldado Anselmo Corradi, el soldado Francesco Fonsetti, el sargento Alessandro Nicoletti, el sargento Tommaso Petti, el cabo primero Bernardino Romani, el soldado Armando Schievena, el cabo Guido Tagliaferri y el sargento mayor Fermo Zanotto.

Entierro de militares italianos en el cementerio de Santa Coloma de Queralt tras la batalla. Posteriormente, serían trasladados a Zaragoza, y, finalmente, repatriados a Italia. Fuente: Twitter.

Además, la CTV ha dejado 90 muertos, que serán enterrados el día 20 en el cementerio de Santa Coloma de Queralt (o lo que queda de él). Para dimensionar la batalla, tenemos que tener en cuenta que las bajas totales de la CTV en España fueron de 2.989 muertos i 10.629 heridos. Durante la Ofensiva de Catalunya, las bajas fueron de 565 muertos y 2.141 heridos, un 20% del total. Aunque la verdad, es que, existe un baile de números en general. Así, Jorge M. Reverte (5) cifra el número de bajas en unos 400 muertos y unos 2.400 heridos. Tampoco se ponen de acuerdo las fuentes en cuanto al número de voluntarios italianos que llegaron a España. Si bien la mayoría de las fuentes los cifran en unos 50.000 hombres, fuentes italianas (6) rebajan esta cifra entre los 35.000 hasta los 28.000 voluntarios. Y ya que estamos, en el bando republicano lucharon unos 3.500 voluntarios anti-fascistas en la Brigada Garibaldi, encuadrada en las Brigadas Internacionales (7).

Un año más tarde, los italianos fallecidos en Santa Coloma de Queralt serán trasladados a un cementerio en Zaragoza y, finalmente, serán repatriados a Italia. Cabe tener en cuenta que no todos los combatientes bajo las banderas de la CTV (como pasó al final de la guerra con las Brigadas Internacionales). También había unidades mixtas, formadas por españoles e italianos. De hecho, es un buen momento, para nombrar las unidades del CTV que participaron en la Ofensiva de Catalunya. Su comandante en jefe fue Gastone Gambara (8), un hombre de la plena confianza de Mussolini y Ciano, que tenía bajo sus órdenes cuatro divisiones: la Littorio, comandada por el general Bitossi (9), compuesta exclusivamente por italianos; y las divisiones mixtas, compuestas por españoles e italianos: “Frecce Nere”, bajo el mando del general Babini (810); “Frecce Azzurre”, bajo el mando del general La Ferla (11); y las “Frecce Verdi”, al mando del general Battisti (12). Curiosamente, todos ellos con unas trayectorias vitales muy parecidas.

Grupos de tanquistas italianos con sus CV33, en este caso durante la Segunda Guerra Mundial.
Fuente: wikipedia.

Los hombres de Gambara continuaron su camino hacia Barcelona. El día 22 de enero, entraron en Igualada y el día 24 cruzaron el río Llobregat a la altura de Martorell. La intención de Mussolini es que fueran las tropas italianas las que se cobrasen la pieza de la Ciudad Condal, pero ese era un caramelo demasiado apetecible y Franco se lo cedió a Yagüe y Solchaga, que entraron triunfantes en Barcelona el 26 de enero (13).

Y en unos días, la segunda part del texto…

 

Notas:

(1) Enrique Líster (1907- 1994), este político y militar, cantero de profesión, tras convertirse en un destacado sindicalista en su Galicia es enviado a Rusia, donde recibe formación militar y política. A su regreso a España, fue uno de los dirigentes del brazo armado del PCE. Al estallar la Guerra Civil Española, organiza y comanda el célebre 5º Regimiento de milicianos y, posteriormente, el mando de la 1.ª Brigada Mixta del Ejército Popular. Destacó su actuación en la Batalla de Madrid y, más adelante, la 11º División, considerada la mejor del ejército republicano y con la que combatió en Guadalajara, Brunete, Belchite y Teruel. Durante los Hechos de Mayo del 1937, Líster fue uno de los que encabezó la represión a los anarquistas. Durante la Batalla del Ebro, recibe el mando del V Cuerpo de Ejército (Divisiones 11.ª, 45.ª y 46.ª), encargándose del sector sur (en el que se encuadra la Sierra de Pàndols, de la que hablaremos en próximos posts), y del que se tendrá que retirar después de dos meses de una intensa ofensiva franquista. Sus unidades, cubren la retirada del resto del ejército republicano y los civiles que deciden marcharse al exilio, poniendo, para ello, su vida en grave riesgo en numerosas ocasiones. Al terminar la guerra, se exilia a la URSS. Durante la Segunda Guerra Mundial alcanzó el grado de general del ejército soviético. En 1977, regresa a España. Partidario de la línea dura en el partido, sus desencuentros con Carrillo le llevaron a fundar una escisión del PCE, al que volvió cuando Carrillo abandonó el partido en 1986.

(2) Santiago Álvarez (1913 – 2002), nacido en el seno de una familia campesina gallega, de joven se afilia al Partido Comunista, donde ocupará cargos de responsabilidad. Con el estallido de la Guerra Civil, pasa a formar parte del cuerpo de Comisarios Políticos, y a finales de 1936 se le destinará a la unidad que comanda Enrique Líster, con quien pasará toda la contienda. Al terminar ésta, se exilia a diversos países de Sudamérica. Regresa a España clandestinamente en 1944. Al año siguiente es descubierto, encarcelado, torturado y condenado a muerte, pero se le conmuta la pena capital por una de 18 años de cárcel. En 1954 es indultado y expulsado de España. Regresa definitivamente a España en 1976, aunque tres años más tarde abandona la primera línea política. Los últimos años de su vida los dedicó a escribir diversos libros.

(3) Traducción: BONANNI Caione Antonio di Giovanni y Perilli Amelia, de Aquila, teniente de la agrupación tanquista. – El comandante de la compañía de carros de asalto, en una operación de seguimiento, se distinguió por su energía, habilidad y audacia, contribuyendo efectivamente a la conquista de una localidad importante y a la captura de prisioneros y material. – S. Coloma de Queralt (España), 14 de enero de 1939-XVII. –

(4) Celestino García Moreno era un campesino natural de Morata de Tajuña, al suroeste de Madrid. Por su acción en Santa Coloma de Queralt fue ascendido a sargento y se le concedió un permiso, que usó para ir a su casa. Llegó a Madrid en un vuelo y tras el permiso, al no poder regresar, se quedó en su casa. Con la llegada de las tropas franquistas a Morata de Tajuña, fue inmediatamente detenido y fusilado. Se desconoce dónde está enterrado.

Fuente: http://evi.linhd.uned.es/projects/hismedi/om/files/original/9703b388fe59d1c499f4ee501cab8d08.pdf

 (5) REVERTE, Jorge Mª.: La Caída de Cataluña. Ed. Crítica.

(6) La web Regio Esercito concretamente las cifras en: 2.077 oficiales y 25.935 suboficiales y tropa. Partiendo de fuentes primarias de la época.

Fuente: http://www.regioesercito.it/reparti/mvsn/mvsnspa36_8.htm

En cambio, el detalladísimo estudio de Alexis Mehtidis lo cifra la participación de los italianos en 35.000 como máximo, ya que hubo altas y bajas durante toda la guerra y el número de voluntarios, por lógica, fluctuaba.

MEHTIDIS, Alexis: Italian Corpo Truppe Volontarie in the Spanish Civil War. Organization and Orders of Battle (1936-1939).

 (7) Reverte (op. cit.) nos cuenta su amargo final. El 7 de febrero de 1939, los últimos supervivientes de la Garibaldi cruzaron la frontera con Francia. Detrás, dejaron a un grupo de heridos que no pudieron trasladar por falta de medios, y un retén para cubrir la retirada. Al llegar al hospital las fuerzas de la CTV cumplieron con la consigna de no tomar prisioneros entre los italianos bajo ninguna circunstancia.

En cuanto a los que llegaron a Francia, ante la imposibilidad de regresar a su tierra natal, el gobierno francés les permitió permanecer en tierras galas. Pero tras la derrota francesa en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Vichy los detuvo y entregó a Mussolini, que los encerró en campos de concentración. Los que pudieron evitar ese destino, se alistaron en la Resistencia Francesa.

 (8) Gastone Gambara (1890 – 1962) fue uno de los más célebres generales italianos de la Segunda Guerra Mundial, puede que a pesar de él. Tras graduarse en la Academia Militar de Módena en 1913, durante la Primera Guerra Mundial, destacó por su arrojo y valentía lo catapultó al grado de comandante al final de la contienda. Participó en la campaña de Abisinia, y posteriormente solicitó partir como voluntario a la Guerra Civil española, donde recibió el mando del Corpo Truppe Volontarie (CTV). Una vez finalizada la guerra, se queda unos meses en España ejerciendo de Embajador. Tras la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, participa en las campañas de Albania y Grecia, toma el mando de las tropas italianas en el norte de África, primero como un mando independiente, pero tras algún desastre, su cuerpo de ejército es puesto bajo el mando de Rommel, con quien se llevaba fatal. De hecho, durante la Segunda Batalla de Bir el Gobi, ante la incomparecencia italiana en el momento crítico, Rommel exclamó «Wo bleibt Gambara?» (“¿Dónde está Gambara?”). Poco después, Gambara es destituido y, a continuación, se le envía a la región de los Balcanes, con la misión de terminar con los partisanos que operan en la región. Gambara no se anda con chiquitas y partisanos y población civil serán duramente reprimidos. Con la caída de Mussolini, si bien en un principio se mantiene fiel al régimen fascista, poco después se pondrá a las órdenes de la República Social, aunque sin ningún mando de combate efectivo. Al finalizar la guerra, los aliados lo encarcelan durante unos meses. Invitado por Franco, se instala en Madrid, pero regresa a Italia al ser aceptada su readmisión al ejército. La Yugoslavia de Tito reclamó su extradición para ser juzgado por crímenes de guerra, pero estas peticiones siempre fueron rechazadas. Gambara falleció en Roma en 1962.

(9) Gervasio Bitossi (1884 – 1951), este militar toscano entró en el ejército en 1903. Antes de llegar a España, ha luchado en la Primera Guerra Mundial y en la conquista de Etiopía. En junio de 1938, es ascendido a general de brigada y solicita luchar en España, donde recibie el mando de la División Littorio. Durante la Segunda Guerra Mundial, combate en Libia y Egipto, donde se debe retirar tras la Segunda Batalla de El Alamein. Regresar a Italia, pero una enfermedad le impide volver a combatir hasta finales de 1944. Poco después, cae prisionero de los aliados. En 1946, regresa a Italia.

(10) Valentino Babini (1889 –1952). Originario de la Nova di Modena, en la región de Emilia-Romagna, entra en el ejército en 1907. Su bautismo de fuego es el la Guerra de Libia de 1911-12. Combate en la Primera Guerra Mundial, que termina con el grado de comandante. En el periodo de entreguerras, se especializa en el mando de regimientos de carros de combate. En abril de 1937 se presenta voluntario para combatir en la Guerra Civil Española. Al iniciar la Ofensiva de Catalunya se le da el mando de la División CC.NN. “Frecce Nere”. Por su actuación en la batalla de Santa Coloma de Queralt es promocionado a general de brigada. A principios de la Segunda Guerra Mundial, recibe el mando de las tropas acorazadas del 10ª Ejército italiano, pero tras la Operación Compass, que supone la aniquilación de dicho ejército, es hecho prisionero por los británicos. Regresa a Italia en 1946, donde ocupará cargos de importancia, como Inspector General del Arma de Infantería. Fallece en 1952 en un accidente de tráfico.

(11) Francesco La Ferla (1886 – 1962), este general siciliano, ingresó en el ejército en 1907. Su bautismo de fuego fue en la Guerra de Libia de 1911-12. Posteriormente, combate en la Primera Guerra Mundial. En España, comanda la División CC.NN. “Frecce Azzurre”. En la Segunda Guerra Muindial, asume el mando de la 211º División Motorizada “Trieste” con la que lucha en la Segunda Batalla de El Alamein (1942). Se retira hasta Túnez, donde es capturado por los británicos, poco antes de ser ascendido a general de división. Tras la guerra, regresa a Italia. En 1952, es ascendido a capitán general, retirándose del ejército poco después habiendo recibido las más altas condecoraciones del estado italiano.

(12) Emilio Battisti (1889 – 1971), militar milanés, ingresó en el ejército en 1907. Su bautismo de fuego fue en la Guerra de Libia de 1911-12. Posteriormente, combate en la Primera Guerra Mundial. Tras participar en la conquista de Etiopía, se presenta voluntario para combatir en la Guerra Civil española. Recibe el mando de la División Legionaria «XXIII Marzo Lame Nere» y, posteriormente, la División CC.NN. “Frecce Verdi”, con la que participará en la Ofensiva de Catalunya. Al finalizar la guerra es ascendido a general de brigada por méritos de guerra. En la Segunda Guerra Mundial, participa en la conquista de Grecia. Tras ella, en septiembre de 1942, se le da el mando de la 4ª División Alpina «Cuneense», con la que marchará a Rusia formando parte del Cuerpo de Montaña del Ejército italiano en Rusia (ARMIR), bajo el mando del general Gabriele Nasci. Formará parte del flanco izquierdo del 6º Ejército alemán, con el que llegarán hasta Stalingrado. Pero en lo más crudo el invierno, los rusos arrollan las líneas defensivas italianas, que se deben batir en retirada. Battisti rechaza huir en avión y decide correr la misma suerte que sus hombres. Sin apenas vehículos o pertrechos, la unidad lucha durante dos semanas en medio de la estepa rusa, sufriendo temperaturas nocturnas de hasta 40° bajo cero. El 28 de enero de 1943, se rinden los últimos supervivientes de la unidad, que queman su bandera para que no caiga en manos de los cosacos que los han masacrado los últimos días. De los 17.460 hombres que llegaron a Rusia, a mediados de febrero, quedaban con vida 1.607. Battisti es enviado a la misma prisión que Paulus, con quien mantenía una franca amistad. Liberado, regresa a Italia en 1950, donde se le asciende a capitán general y ocupa los más altos cargos en el ejército. Fallece en 1971 y, por su deseo expreso, está enterrado en la iglesia del memorial de la División “Cuneense” en la población de Colle di Nava, en el noreste de Italia.

(13) La narración de la batalla de Santa Coloma de Queralt lo he sacado fundamentalmente de una charla realizada por parte de Pere Ventura Lloret, del Grupo de Recreación Histórica Batalla del Ebro, que se puede ver en este vídeo (en catalán):

http://briansandoval.com/videos/80È-aniversari-del-final-de-la-guerra-civil-a-tous–la-batalla-de-santa-coloma-de-queralt-a-igualada

El Marqués Invisible

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Ya sabéis que en este blog encanta la antigua documentación militar. Como hemos comentado en otros textos, si algunos documentos sueltos ya son interesantes por sí mismos, cuando se trata de lotes de una misma persona, permiten seguir su trayectoria personal e incluso, como en el caso de hoy, poner en jaque alguna de las afirmaciones que se han publicado sobre éstas mismas, al tratarse de fuentes primarias.

Así, los documentos que presentaremos hoy deberán reescribir lo que (al menos, en algunas publicaciones) se ha explicado sobre el marquesado de Castrofuerte. Concretamente, en lo que se refiere a su X marqués, Miguel María Jalón y Bañuelos, a quien inexplicablemente se ha invisibilizado.

Así, por ejemplo, nuestro protagonista no aparece entre los marqueses de Castrofuerte en dos páginas de internet, una de ella de verdadera referencia, pero como vemos incompleta:

Pero incluso en una obra especializada sobre el tema, Los Brizuela, Condes de Fuenrubia y familias enlazadas, si bien citan a Miguel Jalón, incomprensiblemente se lo saltan del listado y nombran a su hijo en su lugar como marqués. (1).

Miguel Jalón (Palma de Mallorca, 1776- Castrofuerte, 1830), nació en el seno de una familia de nobles con una larga tradición militar. De hecho, nació en las Baleares, destino militar de su padre. Y tanto él como sus dos hermanos varones menores también desarrollaron una notable carrera militar.

Los Castrofuerte son una familia noble de origen leonés, muy bien relacionada en el seno de la corte de Carlos IV y, probablemente, perteneciera a la camarilla de Manuel de Godoy, ya que en una reciente subasta han aparecido diversas cartas que se intercambiaron el Príncipe de la Paz y José Jalón, el padre de Miguel. De hecho, durante los motines que hicieron caer a Godoy, se asaltó una de las viviendas de los marqueses de Castrofuerte de la que se sustrajo y quemó un retrato del propio Godoy. Es de suponer que, al tenerlo en su casa y al intercambio epistolar, la relación entre ambos fuera estrecha.

Retrato de Francisco de Goya titulado «El Marqués de Castrofuerte». El genial pintor aragonés, retrato a los padres de Miguel Jalón a principios del siglo XIX. Ambos cuadros se exponen en el Musée des Beaux Arts de Montréal, Montreal, Canadá

El primer documento, se trata de su ascenso de cadete a alférez en el Batallón de Fusileros de la Guardia Real, en una época en la que este cuerpo militar estaba compuesto por jóvenes de la nobleza próximos a la monarquía. Es un documento de 1795, cuando Jalón contaba con 19 años.

El segundo documento lo sitúa como alférez en el Batallón de Cazadores.

El tercer documento es su ascenso a 2º teniente, fechado en febrero de 1801.

Se retira con el grado de capitán en junio de 1803, estando adscrito a la Capitanía General de Extremadura, sita en Cáceres. Por este motivo, cabe suponer que puede haber participado en la Guerra de las Naranjas. Aquel brevísimo episodio bélico de 1801, en el que, instigado por Napoleón, Godoy encabezó un ejército con el que ocupó algunas ciudades portuguesas, mientras que, por su lado, en una ramificación americana de la contienda, los portugueses ocuparon diversas poblaciones coloniales españolas.

De hecho, durante su estancia en Cáceres conoce a quien será su futura esposa, María de la Concepción Ulloa y Cáceres (2).

Pero al estallar la Guerra de la Independencia, al parecer Miguel Jalón se reengancha al ejército y en es nombrado coronel del Regimiento Provincial de Toro. Se desconoce la fecha en la que se incorporó, pero si se sabe que estuvo en este regimiento hasta agosto de 1811, cuando toma el mismo cargo en el Regimiento Provincial de Plasencia, con el que combatirá el resto de la guerra.

Su padre, el titular del título del marquesado en aquel momento, comanda la 5ª División, en la que los regimientos de su hijo se engloban en más de alguna ocasión. Si bien, me faltan datos para poderlo situar en alguna batalla de las más trascendentes de la contienda.

Al final de la contienda, se retira con el grado de coronel.

El último documento es, probablemente, el más interesante de todos, ya que se trata de la concesión de una condecoración: un Escudo de Distinción por su trayectoria como coronel de los Voluntarios Realistas de Palencia. Vayamos por partes.

Para empezar, los Escudos de Distinción (3) son unas condecoraciones de tela que se cosían en las mangas de los uniformes. Se empezaron a conceder durante la Guerra de la Independencia y que se extendieron durante todo el reinado de Fernando VII, otorgándose durante las campañas de la citada guerra, las Guerras de Emancipación americanas y a los más destacados miembros de las Voluntarios Realistas.

No he podido evitar incluir el magnífico retrato de Fernando VII que pintó López Portaña, y que se expone en El Prado.

Éstos, por su parte, fueron unas milicias voluntarias de inspiración absolutista que empezaron a surgir durante el Trienio Liberal como oposición a las políticas del gobierno. Una vez recuperado el poder por parte de Fernando VII las institucionalizó otorgándoles un reglamento y mejorando su financiación y avituallamiento, en gran parte por la desconfianza del rey ante un ejército que en su mayor parte simpatizaba con el liberalismo. A partir de entonces, sus objetivos fueron evitar el restablecimiento del gobierno constitucional y participar en acciones de seguridad pública, especialmente en zonas rurales donde el bandolerismo seguía más activo. En el año 1826, se nombra a José Mª Carvajal (4) Inspector General, un hombre cercano al felón, que da un impulso a las milicias, reformando su reglamento. Éstas, llegaron a estar formadas por unos 200.000 voluntarios (todos ellos “hombres de probada reputación”), divididos en los cuerpos de infantería, artillería y caballería. Si bien aproximadamente la mitad contaba con uniforme, el resto se tenía de contentar con una escarapela. La decadencia del cuerpo probablemente empezó hacia 1830, cuando Fernando VII promulga la Pragmática Sanción, que desencanta a los elementos más intransigentes de las Milicias.  Tras la muerte de Carvajal, en 1832, se acentuó una decadencia del cuerpo, que se acabó disolviendo en 1833, tras la muerte de Fernando VII. Parte de sus miembros pasaron a engrosar las filas del ejército carlista.

El palacio de Castilfalé, Burgos.

En internet, corre alguna otra inexactitud sobre Miguel Jalón. Por ejemplo, en las siguientes webs, se indica que el palacio de Castilfalé fue vendido a finales del siglo XVIII por Antonio Valdés y Bazán (5) a Heliodoro Jalón (6):

https://burgospedia1.wordpress.com/2010/09/12/palacio-de-castilfale/

http://www.aytoburgos.es/archivo/conoce-el-archivo/el-archivo-municipal/el-palacio-de-castilfale-historia-y-arte

Pero si Valdés murió en 1816, este Jalón nació en 1844, por lo que la venta, a todas luces, parece poco probable que se pudiera realizar.

Además, en los mismos archivos burgaleses (7) se guarda un documento de 1828 en el que se presenta una factura que realiza Mariano Miguel por “colocar cristales y realizar vidrieras” en el citado palacio, citado como la casa del marqués de Castrofuerte. Por su parte, Juan Escorial Esgueva (8), quien ha escrito la más completa historia sobre el palacio, nos confirma que al nacer Heliodoro, el palacio ya era propiedad de la familia.

Poco más se sabe de los detalles de la vida de Miguel Jalón. Si se sabe que murió en el pueblo de Castrofuerte el 19 de julio de 1830 y que fue enterrado en la iglesia de San Pedro, hoy en ruinas.

Escudo del marquesado de Castrofuerte.

 

 

Notas:

(1)  ALÓS, Fernando de y DUQUE DE ESTRADA, Dolores: Los Brizuela, Condes de Fuenrubia y familias enlazadas; Editorial Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía. Madrid, 2009.

(2) Hija de Gonzalo de Ulloa y Lugo (señor de Pajarillas, Fuente del Saz, de Villalba de Adaja, de Foncastín y de la Torre Infanzona de Anuncibay en Álava, Maestrante de Ronda, Regidor perpetuo de Cáceres y Medina del Campo) y de Casimira Cáceres,

(3) En este sentido, es obra de referencia: RODRÍGUEZ BELLES, Antonio: Medallas y Ascensos en sus Documentos (1811-1931). Una obra ineludible para todo coleccionista.

(4) José María Carvajal Urrutia (Cádiz, 1762 – Madrid, 1832). Proveniente de una familia de larga tradición militar, entra en el ejército en 1778. Participa en la ocupación de Darién, en el actual Panamá, donde su padre ejercía de gobernador. Tras regresar a la península ibérica, participa en las guerras revolucionarias francesas y la Guerra de las Naranjas. Es hecho prisionero por los ingleses en la batalla del cabo de Finisterre. Se reincorpora al ejército durante la Guerra de la Independencia, ostentado numerosos mandos de importancia. En 1810, es nombrado comandante general de Aragón y presidente de su Junta. Durante algunos meses, llegó a ser Secretario de Guerra del gobierno. Muy próximo a Fernando VII, tras la guerra, recibe numerosos cargos de importancia, siendo el Inspector General de las Milicias Realistas el último de ellos. Fernando VII también lo agasajó con las órdenes de San Fernando, San Hermenegildo, Carlos II e Isabel la Católica.

(5) Antonio Valdés y Fernández Bazán (Burgos, 1744 – Madrid, 1816). Hijo de un hidalgo asturiano bien situado en la corte, Antonio Valdés entró de muy joven en la marina. Tras combatir en el mar a ingleses y piratas berberiscos, dirigió las fábricas de artillería de La Cavada y Liérganes. Su trabajo al frente fue recompensado con el nombramiento como Inspector General de la Marina cuando contaba con 38 años de edad. Impulsó numerosas reformas, tanto en los equipamientos de la marina, como en la formación de sus oficiales, así como expediciones científicas alrededor del mundo. Siguió ocupando cargos de relevancia a lo largo de toda su vida. De hecho, Carlos IV lo nombró Gentilhombre de cámara y le otorgó el Toisón de Oro.

(6) Heliodoro Jalón y Larragoiti (1844 – 1914). Militar y político español. XII Marqués de Castrofuerte.

(7) http://archivo.aytoburgos.es/burgos/doc?q=*%3A*&start=0&rows=1&sort=fecha%20asc&fq=fecha&fv=[1819-01-01T00%3A00%3A01Z+TO+1843-12-31T23%3A59%3A59Z]&fo=null&fq=mssearch_hierarchy01&fv=Fondo+Condes+de+Castilfalé&fo=and

(8) ESCORIAL ESGUEVA, Juan: «El Palacio de Castilfalé. Su fortuna en el tiempo (1600-1920)” en VV.AA. Palabras de Archivo. Homenaje a Milagros Moratinos Palomero. Burgos, Instituto Municipal de Cultura y Turismo. Ayuntamiento de Burgos, 2018, pp. 347-367.

La intendencia militar. El sol que nunca se pone.

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Museo de Intendencia y Archivo Histórico Militar de Ávila

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Ávila está muy cerca de Madrid y sin embargo yo creo que es la ciudad castellana menos visitada por los madrileños. Es un teoría nada científica y muy mía pero tengo esa sensación. Hacía muchos años que quería volver pero no acababa de hacerlo. Pero por fin he vuelto hace unos días.

La muy antigua ciudad de Ávila y su burgo medieval no es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por un capricho del azar.

Sus imponentes murallas, un ejemplo único en Europa por su conservación y por mantener completo todo su perímetro amurallado, sus almenas y grandes puertas de acceso, esconden multitud de tesoros. Algunos extremadamente conocidos, otros también de importancia y arraigo como explicaremos a continuación, que merecerían un mayor reconocimiento.

Aquí como en tantas ciudades longevas se escalona y convive lo medieval, lo románico, lo gótico y lo renacentista. Hay ejemplos de todo ello de una gran factura y en un estado de conservación en general francamente bueno.

Desde este Blog nos hemos empeñado en rescatar y dar visibilidad a todo lo que nos parece que debería tenerla. Pasajes, personajes, y como es el caso, edificios cargados de interés, historia y vivencias. Somos humildes buscadores de tesoros, románticos escrutadores de esa gran Almoneda que es España.

El Palacio de Polentinos, también conocido como Solar de Los Contreras, es una verdadera maravilla del siglo XVI que sirvió de Academia del Cuerpo de Intendencia, aunque previamente su denominación fue la de Academia del Cuerpo Administrativo del Ejército (desde 1875 hasta 1911).

Como Academia para oficiales funcionó hasta 1993 cambiando su actividad en esa fecha por la actual de archivo militar y Museo. Desde entonces la especialidad de Intendencia se cursa con AGM de Zaragoza.

Hay que recordar que ya en época de Carlos III, gran impulsor de la modernización de muchas estructuras del Estado incluidas desde luego las de los Ejércitos, se promovió en Ávila el antecedente formal y germinal de la Academia General Militar.

Hablamos de un edifico que por sus dimensiones, no excesivamente monumentales, resulta hasta acogedor y recogido. Una imponente portada plateresca da paso a un patio central y ceremonial de aire italiano, donde mientras fue academia se desarrollaban los actos y formaciones de diario y también de solemnidad.

Como cuerpo especializado dentro del Ejército, esto no significa ni mucho menos que no sea una pieza clave y nuclear del funcionamiento de toda la estructura militar, las plazas que había que cubrir siempre fueron razonablemente limitadas, aunque se vivió un momento de gran demanda coincidiendo con la Guerra de Cuba, Puerto Rico y Filipinas (1895-1898).

La Intendencia militar como decíamos es la responsable organizativa de la definición, fabricación y suministro de una ingente cantidad de elementos formales, de manutención y equipacion, sin los cuales la rueda del Ejército no podría ponerse en marcha. El tener que cubrir tantas y tan diversas cuestiones ha obligado además a desarrollar una serie de oficios y especialidades para promover la autogestión, intentando fabricar desde dentro del propio Ejército todo lo necesario.

Uniformes, equipos, alimentos, utillaje, el complejo y casi inabarcable capitulo logístico, hacen de este cuerpo, muy militar, una amalgama en la que también priman conocimientos de los procesos productivos, industriales y presupuestarios. Es la plaza en la que confluyen gran parte de las necesidades del Ejército.

Todos los oficios y labores artesanales se han dado cita en este gran negociado que tiene algo de orquesta en la que cada uno sabe muy bien cuál es su papel. Bordadoras, sastres, cocineros, panaderos, carniceros, inventores de soluciones prácticas y eficaces. La lista podría ser casi interminable.

Copyright Museo de Intendencia.

Copyright Museo de Intendencia.

Y llegamos al Museo, que podríamos calificar como una selección afortunadísima, con un criterio expositivo claro, fácil de ver, que a diferencia de esa inevitable carga didáctica en la narración de las exposiciones actuales, que tan poco nos gusta, aquí está muy bien resuelta, sin pretensiones, pero con muchas piezas francamente sobresalientes.

Alguna rareza que no desvelamos para promover que se visite, una gran cantidad de maquetas de cocinas y tahonas de campaña, tiendas de campaña, tejidos empleados en las uniformidades de principios de siglo, dioramas con maniquíes con uniformes y un largo etcétera de objetos extremadamente interesantes.

Mantas zamoranas, marmitas, cubiertos, armas, correajes, todo tipo de uniformes, material de laboratorio y clínico…, sables con empuñaduras de nácar, bastones de mando de Palo Santo, Dragonas de gala, banderas de todas las épocas con una calidad de bordado excepcional. Un memorabília en todos los casos de una gran factura y elegida con muy buen gusto.

 

El Sol enmarcado en un laurel, emblema y divisa de la Intendencia, refleja perfectamente el espíritu y objeto de este singular y admirable cuerpo.

Iluminar, abrigar, dar techo y aprovisionar al soldado en las situaciones más cotidianas y también en las más extremas. En la cotidiana vida cuartelaría y en los campos de batalla.

Quiero por último dar las gracias a una íntima y muy querida amiga mía que pertenece a una muy ilustre familia de militares , por invitarme a Ávila y descubrirme esta maravilla tan cercana para ella.

Por todo ello os animamos a visitar este rincón lleno de encanto. Merece mucho la pena.

 

MUSEO DE INTENDENCIA

ARCHIVO GENERAL MILITAR

PALACIO DE POLENTINOS
Vallespín nº 19
(05001 – Ávila)

Tlf: 920352584

archivomilitaravila@et.mde.es

  • Lunes a viernes: de 10:00 a 14:00 horas
  • Sábados, domingos y festivos: de 10:30 a 14:30 y de 16:00 a 19:00 horas
  • Visitas de grupo: Concertando cita previa
  • Entrada gratuita